martes, 16 de noviembre de 2010

la casa de la vicentina


a vos, Alicia, que te diste un minuto
para rescatarme de la angustia
y las ganas de morir

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable
José Agustín Goytisolo

Podría empezar diciendo que no tenías por qué saberlo. Pero ya habías llegado al lugar y al tiempo en el que se sabe todo aunque nadie nos lo cuente. Tal vez me miraste desde algún huequito entre las nubes durante todos aquellos días de angustia: mi remordimiento por haber abierto el arcano de los secretos ajenos para escribir cuentos y cositas que quizá no tenía derecho a; mi pena por las muertes sucesivas de gente que se largaba, a veces por mano propia, sin decir ni hasta mañana; mi hija paseaba por Europa en compañía de su padre, sin saber nada de los dramas familiares, y mi hijo acababa de decidir que las drogas le podían dar todo aquello que según él la vida le  había negado.
Tal vez, como te dije, a través de algún huequito por entre las nubes te llegó el eco de mi sorda desesperación aquella noche en que me dormí llorando al pensar en que quizá lo mejor era desaparecer yo también, como alguno de los amigos, para así obligar al papá de mis niños, sobre todo de mi niño, a hacerse cargo de ellos, sobre todo de él. Arquetipo paterno, que le dicen los que saben. No es que yo también me quisiera ir. Es que, de repente, pensé que me tenía que ir para ayudar a que las cosas funcionaran, aunque no me quisiera ir. Creía que era necesario.
La calle se me abría ante los ojos, estrecha y desconocida. Un barrio obrero, de casas más bien deslucidas. ¿La Vicentina, podría ser? Una pared, un tapial alto, enlucido bastamente con cemento sin pintar, gris y con sombras de humedad en algunas partes. Esa era tu casa, porque de repente yo te estaba yendo a visitar. En medio del tapial, una puerta de reja que dejaba entrever un patio de vecindad o conventillo con una pared mal pintada de rosa fuerte, unas gradas que llevaban hacia arriba sin que se supiera dónde y una piedra de lavar. La puerta de reja estaba cerrada con candado. Yo te quería ver, aunque no tenía idea de si me esperabas o no. Llamé. Tal vez timbré, golpeé el candado contra la reja, no me acuerdo.
Ni siquiera me había dado cuenta de cuando apareciste delante de la puerta de reja, furiosa e imperativa, haciéndome con el dedo índice y el brazo extendido el gesto de que me fuera por donde había venido. Me gritaste, como nunca me habías gritado en todos los años de nuestra amistad:
-¡Andate! ¡No te quiero ver! ¡No tienes nada qué hacer aquí!
Y me lo repetiste una y otra vez, por si acaso no lo hubiera comprendido bien, siempre señalándome la calle en la dirección en la que me había acercado a la puerta. Me tuve que ir. Ni siquiera te pude contestar nada. En el fondo, pensaba que  ni tú, que ya estabas del otro lado, me habías querido recibir, y eso aumentaba el peso de mi dolor y de mi angustia. Tal vez por eso regresé ocho días después. Siempre con miedo vi de nuevo el tapial y su tosco enlucido. Pero esta vez la puerta de reja de metal estaba entornada y se podía ver con mayor claridad la pared rosa fuerte, las escaleras y la piedra de lavar junto a la que tú permanecías de pie y en la que limpiabas algunos útiles de fotografía dorados y resplandecientes.
Raro, pero esta vez sonreíste al mirarme. Llevabas un terno de pantalón muy elegante, amarillo claro, tal vez amarillo limón, yo no sé mucho de nombres de colores. Tuve miedo de acercarme a ti y nuevamente provocar tu enojo, tus duras expresiones, el tono violento de tu voz al echarme de nuevo a la calle. Pero no fue así. Esta vez me abriste los brazos con ternura y cariño. Y tus palabras fueron cayendo, una a una, como gotas de bálsamo en mi alma atormentada:
-Lucre, cuando yo viví en Quito tú fuiste una de mis mejores amigas, y todavía te llevo siempre en mi corazón porque nada podrá cambiar eso. Algún rato volveremos a darnos otro abrazo, no lo dudes; pero hoy no es el momento: tú tienes todavía mucho que hacer ahí afuera.
Todavía recuerdo el calor de tus brazos en torno a mi cuerpo, y tu sonrisa segura y firme mientras me devolvías a la vida de todos los días, en una calle cualquiera de los rincones de esta ciudad que tanto amaste, mientras ya me llamaban a seguir adelante la luz del sol y los cantos de los pájaros que también despertaban a la esperanza de un día más.

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