lunes, 31 de octubre de 2016

detrás de las cortinas


«El papá de Ernesto murió poco tiempo después de que nos casáramos. Ya estuvo bastante enfermo para el día de la boda, y aunque sí pudo acompañarnos, no se levantó a bailar, ni cosa por el estilo. Pasaron algunos meses y falleció una noche mientras dormía, en esta misma casa.
Pepita quedó muy triste. Solo tenía dos hijos: Ernesto y su hermana menor, Marcela, que también estaba muy dolida por el fallecimiento de su papá, y que en ese entonces tenía menos de veinte años.
Ernesto y yo vivíamos en Quito, en un departamento muy pequeño para esa época, aunque para estos días se vería muy grande, y él estaba muy preocupado por su hermana y su mamá después del fallecimiento de su padre. Más todavía porque cuando una persona muere hay que hacer un montón de trámites y papeleos, con todo y la pena que se tiene, y Pepita había quedado tan afectada que lo único que quería era irse a Guayaquil con Merceditas y cedernos esta casa, pero para eso también tocaba encontrar los de papeles que hacían falta.
Una tarde de esos llamó muy angustiada, diciendo que no encontraba por ninguna parte la carpeta ni el sobre donde se guardaban todos los documentos de la casa. Ernesto todavía no llegaba de la universidad, era casi de noche, me acuerdo, y le ofrecí avisarle en cuanto regresara. Entonces, cuando llegó, le conté y él también llamó a su mamá. Después de hablar, vino y me dijo:
-Mamá está muy angustiada, ya sabes cómo se pone. Mercedes no la puede ayudar. No encuentran los papeles de la casa y mañana ya hay que entregar todo a los abogados. Voy a ver si encuentro un bus para ir hasta Alangasí y me quedo a dormir ahí, con ellas, porque regresar más noche ya ha de ser complicado.
Le pregunté si no quería que le acompañara. Sonrió:
-¿Para qué? Mejor quédate aquí, allá te va a tocar lidiar con toda la pena y la preocupación de la familia. Aparte de que toca revolver todo para buscar esos malditos papeles.
Estaba fastidiado. Me besó en la frente y se fue, no sin antes decirme que me amaba.
Al otro día me contó que había llegado ya cerca de las ocho de la noche que Pepita estaba desesperada y que Merceditas también. Buscaron los papeles por todas partes, sobre todo en los cajones, ficheros y estanterías del estudio de mi suegro, y nada. Ernesto sugirió que comieran alguna cosa y siguieran buscando. Cenaron, siguieron buscando y no encontraron nada, con lo cual Pepita se angustió más todavía. Más tarde, siguiendo una costumbre aprendida de mí, Ernesto le preparó a su mamá una agüita de tilo y le dijo a su hermana:
-Vamos a tomarnos algo fuerte en la sala.
Mercedes, que acababa de cumplir los dieciocho años, aceptó tomarse un traguito con su hermano. Me parece que no fue solo un traguito, porque Ernesto contaba que después de un rato ella prefirió ya irse a su cuarto y él se quedó en la sala, preguntándose dónde mismo se encontraban aquellos papeles que su mamá y todos necesitábamos con urgencia. Dice también que el reloj de péndulo comenzó a dar las campanadas de la media noche y él miró hacia las cortinas de la ventana grande de la sala porque algo se movía por detrás de ellas.
Al principio, Ernesto pensó que sería el viento, o tal vez el gato… pero justo en eso se abrieron las cortinas y apareció mi suegro, con su terno de siempre. Ernesto me contó que sonreía, que parecía muy sano y contento, como él hace tiempo que no lo había visto y como yo no lo había conocido jamás, solo por foto. Decía que le saludó con un gesto de la mano:
-Hola, hijo.
A Ernesto le asombraba haberle contestado, con toda naturalidad:
-Hola, papá.
Se sentó a su lado, y Ernesto no tuvo ningún temor al escucharle preguntar:
-¿Y por qué estás aquí y no en tu casa, con tu mujer?
-Porque mamá no encuentra los documentos de la casa. Cree que usted los tenía guardados y no sabe dónde los puso.
-¿Y ya buscaron bien?
-Claro. A eso vine.
Decía que entonces mi suegro se rió suavemente y luego le avisó:
-No están entre mis cosas. Están en el escritorio de ella.
-¿En el de la sala de estar de arriba?
-Sí, ahí mismo –y se rió de nuevo – .  En el desordenadísimo…
También Ernesto sonrió. Mi suegro y mi suegra discutían mucho porque mientras él era muy ordenado y organizado ella tenía sus cosas siempre revueltas y por eso se le confundía todo.
-Ya.
-Busquen ahí mañana de mañana, porque ahorita ya va a ser media noche y tienes que descansar. ¿Dónde vas a dormir?
-Aquí –contestó Ernesto, sonriendo –. Mi cuarto ya está desarmado, desde que me casé.
-Me acuerdo. En este sofá vas a estar cómodo. Hay unas cobijas en la mesita-baúl de al lado. No te preocupes, yo apago la luz. Todo está bien, mijo.
Y decía Ernesto que cuando apagó la luz se cerró de golpe la tapa de la mesita-baúl y él se encontró abriendo los ojos recostado en el sillón y tapado por un par de cobijas que no recordaba haberse echado encima, con la luz apagada, por supuesto. También decía que la pena por la muerte de su padre casi no se sentía, y que recordaba segundo a segundo el encuentro y la conversación que acababan de tener.
Al otro día, les contó a su mamá y a su hermana lo que había sucedido. Ambas estuvieron convencidas de que solo era un sueño. Pepita recordó, entre triste y alegre, las muchas peleas que tenían por el desorden del escritorio de ella y cómo el la criticaba porque ahí nunca se podía encontrar nada.  Después del desayuno, más tranquilos, fueron a ver, y ni siquiera tuvieron que buscar: encima de todo, en un sobre muy grande de Manila, estaban todos los papeles necesarios para las sucesiones, las ventas y los traspasos y todos los trámites que hacían falta». 
Tomado del libro de cuentos de misterio para niños Cuando se apaga la luz

martes, 7 de octubre de 2014

la noche de los abrazos



para Sven

Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al reino de Dios.
Evangelio de Mateo

Ahora estoy enfermo, y tan lejos de mi país, en otro en donde pretenden curarme un mal incurable. Las horas se desgranan despacio entre la asepsia de estas paredes, alrededor de la ventana que muestra una larguísima frase de Fidel que la verdad me da pereza leer. El miedo y la nostalgia me atenazan a partes iguales durante un noventa por ciento del tiempo, y si no hubiera rejurado no llorar ni una sola puta lágrima, ni una sola puta vez, por este puto motivo, daría a entender al mundo que mi hobby preferido es la disección de cebollas, reales o imaginarias.
Para distraerme, a veces convoco recuerdos, no tan lejanos en el tiempo como en la vivencia, porque hasta hace pocos meses yo era eso que alegremente se llama “un joven bohemio” que trabajaba en una dependencia municipal intentando introducir aunque sea por medio de la burocracia citadina aquello que parece suntuario en la vida cotidiana de las personas: la poesía. Y mientras lo hacía (o pretendía hacerlo) me distraía en actividades tan entretenidas como seducir mujeres de todas las edades, escribir mi propia poesía, consumir cierto tipo de servicios personales en las zonas rojas de la ciudad, ir al cine por lo menos una vez por semana, emborracharme otras tantas, y estas dos últimas las hacía en compañía del mejor amigo que la vida me ha puesto en el camino: Fernando Simpson, uno de los médicos del Municipio, diez años más viejo que yo, que había llegado por obra y gracia de una inundación a trabajar en el mismo edificio en donde quedaban las oficinas del Departamento de Cultura.
Cuánto extraño aquellas conversaciones interminables que sosteníamos en los bares y cafés de la Zona. Cuánto añoro a los otros compañeros de trabajo, sobre todo a esa dulce joven, eterna y platónicamente enamorada de mi doctor, Susanita Montero Ruales, y su empeño en redimirnos de aquello que su corazón católico consideraba pernicioso y maligno, aunque a Fernando y a mí, independientemente de nuestras vidas poco recomendables, nos adorara tanto como nosotros a ella.
Pero en la aventura con la que hoy paliaré mi tristeza no estaba Susana.
Durante muchas noches de viernes, Fernando y yo observamos a las flores del asfalto florecer e incluso marchitarse contra las paredes de los muros de la Zona. Yo tenía tres o cuatro conocidas con las que, en breves períodos de soltería, o incluso de compromiso, solía calmar mis ansias de compañía o de placer. El doctor, en cambio, no se les acercaba nunca, ni a las mujeres ni a los que pretendían aparecer como tales. Les miraba con simpatía, sí, pero no se les acercaba. A veces incluso me esperaba en algún bar o en algún restaurante mientras yo ayudaba a ganarse la vida a alguna de esas muchachas. Y luego seguíamos divirtiéndonos con alcohol y de repente algún bareto por ahí, conversando de todo lo posible bajo la luna o bajo la lluvia.
Aquella fue la época de las ideas locas. Hice lo que llamábamos “Talleres urbanos”, que consistía en leerle poesías a la gente que andaba por el Centro Histórico o que trabajaba informalmente en sus calles. Nos emocionábamos. Nos divertíamos. Parecía un juego, y en verdad lo era pero no lo era. El día en que le dije que hiciéramos lo mismo con aquellas mujeres y aquellos travestis, Fernando sonrió con algo de melancolía.
-¿Y qué poemas les leeríamos? –preguntó, trayéndome de golpe a una realidad difícil de aceptar a un joven que había sido durante mucho tiempo un niño malcriado e irreverente: no lo que a mí me pareciera bueno sería necesariamente lo mejor para aquellas personas cuya vida era más complicada de lo que su aparente ligereza sugería.
Poemas relacionados con prostitución, con “damas de la noche”, “samaritanas del amor” y cosas similares habrían resultado una total falta de tino, cuando no una crueldad. Poemas de amor, tal vez no lo más adecuado. Poemas existenciales, quién sabe. Siempre había el peligro de que se nos pasara la mano o de que algunas sensibilidades resultaran lastimadas. Entonces una noche de esas, hicimos un estudio de mercado. Escogimos diez al azar: cinco mujeres y cinco hombres. Les preguntamos qué era lo que más les gustaría recibir, aparte de dinero, seguridad y poder trabajar en paz sin el agobio de las batidas o del maltrato. Cuatro mujeres y tres hombres nos dieron la pista: un poco de cariño, dijeron; alguna vez, un abrazo que no fuera sexual. Los otros, no me acuerdo qué mismo pidieron. Y total no importaba, después de todo vivimos en una democracia. Disimulando el nudo que me agobiaba la garganta, y cuyo recuerdo ahora mismo me está empezando a estorbar el paso de la saliva, me alejé para planear la correspondiente actividad con mi amigo del alma.
Para entonces mis encías habían comenzado a sangrar levemente cada vez que me lavaba la boca, me cansaba un poco más que de costumbre después de cada noche de farra y me aparecían moretoncitos ocasionales en las extremidades; sin embargo, aún nadie sabía que mis glóbulos blancos habían empezado a alborotarse de la nada. Y fue una de esas noches de sábado cuando, después de cenar un par de hot-dogs de carrito aderezados con cerveza, comenzamos a poner en marcha nuestro demente y cariñoso plan comenzando por una de las sórdidas esquinas en donde nuestras beneficiarias se alternaban con los carameleros vendedores de cigarrillos, chicles, chocolates, funditas de bazuco, papelitos de ácido y otras maravillas.  
Fernando y yo permanecimos un rato observando el panorama disponible: dos niñas menores de edad, impúdicas como ellas solas, maquilladas como cuarentonas, fumaban en una esquina ofreciéndose al mejor postor.
-¿Cómo será de hacer, Miguel? –me preguntó Fernando.
Me encogí de hombro y una risa nerviosa nos ganó, obligándonos a volvernos de espaldas para que las muchachas no pensaran que nos reíamos de ellas. Luego respiré hondo y le dije:
-Tú sólo sígueme.
Nos acercamos a las dos. Ellas en seguida comenzaron a insinuarse. Entonces volví a respirar, y dije a la que yo había abordado:
-No. Hoy no. Solo te quiero dar un abrazo –y como ella puso cara de “por favor, déjame trabajar”, le aclaré –: nos tomará menos de un minuto.
Su carita híper maquillada se hundió en mi pecho mientras la rodeaba con mis brazos. Pude sentir los latidos de mi corazón, y los del suyo. Vi que Fernando, más alto que yo, también acogía entre sus brazos a la compañera de mi amiga que lo rodeaba con los suyos por igual. No sé si duró un minuto. O menos. O más. Solo sé que después de unos segundos de duda sus brazos también rodearon mi cuerpo, y que cuando para cumplir con mi promesa de “menos de un minuto” traté de desatar los míos, ella no desató los suyos por nada de este mundo, así que nos quedamos trenzados hasta cuando ella quiso. En una esquina de más allá, dos travestis que se me antojaron gigantescos, ataviados con minifaldas talla XXL, conversaban y miraban furtivamente a los autos que atravesaban la calle. Tomamos valor y nos acercamos. No dimos mayores explicaciones, apenas los brazos abiertos, y la sonrisa que al fin se logró abrir paso entre mis labios. El más alto me preguntó de qué se trataba. Sin pensar, le expliqué, muy suelto de huesos:
-Es que… hoy es la Noche de los Abrazos.
El otro me preguntó, con un vozarrón, si de repente no era cristiano. Contesté con toda sinceridad:
-No, qué va: solo abrazador…
Y ante tal confirmación ambos me dieron dos abrazos de hombre, palmeándome  la espalda con sus enormes manos de uñas redecoradas hasta causarme más moretones de los que ya tenía en otras partes del cuerpo. Al separarme, uno de ellos me preguntó si… Le contesté que no, muchas gracias, que la Noche de los Abrazos me tenía bastante atareado. Sonrió y me dijo:
-Bueno, pero cuando quieras…
Me alejé, un poco tembloroso. Vi que Fernando apretaba contra su hombro a una muchacha en una actitud que me recordó a un pésame, algo así. Mi siguiente objetivo, no necesariamente buscado, era una mujer ya mayor y bastante gruesa que prácticamente se me lanzó encima porque ya se estaba corriendo la voz. Brazos maternales. Palabras que no conseguí entender. Una boca húmeda y gruesa succionando algo desde lo profundo de mi mejilla. Un olor a perfume barato que me acompañó durante todo el resto de la noche. Una sonrisa que no olvidaré. A mi lado, Fernando, también sonriendo con algo que se bamboleaba peligrosamente entre la felicidad y el llanto. Más allá, alguien de sexo indefinible o por definirse abriendo los brazos sin decir palabra, y yo cayendo redondo en ellos. Más palmadas (señal de que era hombre), pero también un beso en la mejilla que ya había sido hollada por lápiz labial, y su voz andrógina susurrando apenas un “gracias” conmovedor y conmovido. Otra muchacha. Una mujer en la treintena. Otro travesti. Otra señora.
Un niño caramelero de menos de diez años dejó su charolito en la vereda y levantó los brazos hacia mí; me acuclillé, lo apreté contra mi hombro estrechamente y lo sentí aferrarse a mi cuello sin pensar en soltarse durante mucho tiempo. Al incorporarme, la mano de Fernando en mi hombro. Su sonrisa serena. Su voz:
-Allá hay unas cuantas más, y creo que nos esperan…
Es increíble cómo se aferran al cuello de uno las personas que de repente y por fin reciben un abrazo sin tener que cobrar ni que pagar. Es increíble cómo uno también se siente atrapado en esa espiral de cariño que sana y que desgarra, que alegra y entristece, que demuestra cuánto se puede hacer y cuán poco puede ser en menos de un minuto. Brazos, pulseras tintineantes, aretes clavándose en las mejillas, bocas entregando y recogiendo besos fraternales, sin más pudor que el de la premura del tiempo, palabras que no se alcanzan a comprender; pero no importa. Y al salir de cada abrazo, sonrisas, ojos brillantes, rostros iluminados. De vez en cuando, la mano de mi amigo regresando a mi hombro, mostrándome el camino. En un determinado momento, advertir que no éramos los únicos: que los punkeros y los marihuaneros, las parejas de novios y de novias, los carameleros y carameleras, e incluso algún sentimental policía de tránsito seguían nuestro ejemplo con más entusiasmo del previsto, mientras los proxenetas se indignaban sin poder hacer mucho. Más perfume barato. Más latidos alborotados. Más indefinibles sonrisas al separarse. Más “gracias” emocionados en los oídos o apenas delineados por bocas de un rojo chillón frente a la nuestra, desvalida y despintada, que también temblaba al agradecerle a la noche ese regalo. Más y más labios en la cara. Y manchas de labial, de sombras y de rímel en la piel, en la ropa, en los hombros, en los labios que recogían sabor a perfume y sal, y en las mejillas manchas de maquillaje disuelto que no eran nuestras, que de ninguna manera eran mías, aunque tal vez también lo eran.

martes, 6 de mayo de 2014

la niña de guatemala

Una dulce y bella versión musicalizada de uno de los más tristes y hermosos poemas de José Martí: 


viernes, 10 de mayo de 2013

juego de damas


para Isabel Arteta

Perdona que te haya molestado con tanta urgencia. Pero, ¿sabes?, el tiempo se acaba. Y no es necesario que me digas lo que me dice todo el mundo: actitud positiva, esta enfermedad depende en mucho de la cara que una le pone; hay gente que ha parecido estar en las últimas y sin embargo se ha curado de un rato a otro. Aquí entre nos, Victoria, te diré que no conozco ningún caso. Parecen reponerse un día, y un mes después estamos comentando en el velorio: "... pero qué raro, si hace tan solo un mes decían que había remitido totalmente..." ¿O no es así? Por eso tengo que aprovechar ahora que todavía me queda un poco de fuerzas para pedirte el favor del que me andas sacando el cuerpo desde hace un par de años, cuando se me descubrió el bicho dentro del cuerpo y te lo quise pedir a tiempo, pero tú no te dejaste acorralar. 
Poco antes de que me encontrara el tumor durante una ducha cotidiana había visto algo que me tenía furiosa. No alcancé a decirles nada a ti ni a él, porque mientras pensaba cómo abordarlos me vino este problema y ya pues, tuvimos todos que dedicarnos a otra cosa. Pero me acuerdo perfectamente de la escena, y es eso lo que me impulsa a acudir a ti para que me ayudes con esta situación. Era en la fiesta de cumpleaños de la Rosita Puente. Y también recuerdo que fue la última fiesta en la que todas estábamos felices, compartiendo con nuestros maridos, las casadas, y con la tranquilidad que aterriza en la soltería después de los cincuenta, las no casadas, entre ellas tú. Yo iba a la cocina por un poco de hielo para mi whisky, y cuando empujé la puerta sin hacer mucho ruido un hielo diferente al que había ido a buscar se me clavó de golpe en el centro del pecho: arrimados al mostrador estaban tú y Rodrigo, mi marido, ¿te acuerdas? Tú, con el final de tu espalda contra el borde del mesón de aquella cocina tan pulcra y elegante, con tu copa de Alexander encima de uno de esos espectaculares escotes que después se convirtieron casi en una burla ante mi situación. Sonreías discretamente, sin dar la cara. Y él, apoyando un brazo en los gabinetes superiores, tan cerca de ti, con sus ojos clavados en el escote, decía alguna cosa que ahora mismo se me escapa. Me olvidé del hielo para mi whisky. Enemiga como soy de cualquier tipo de escándalo, salí sin hacer ruido tal como había entrado, y me senté a conversar con la Rosita, intentando espantar de mi cerebro cualquier idea que tuviera que ver con cualquier cosa.
Eso fue exactamente una semana antes de que me descubriera la protuberancia debajo de la axila derecha mientras me daba la ducha diaria de otro sábado cualquiera. 
Recuerdo que te había odiado durante toda aquella semana. No hice nada porque no sabía qué hacer. No eras solamente 'una de mis mejores amigas', sino la mejor. Justo el día anterior al macabro descubrimiento Rodrigo me había preguntado si me pasaba algo, por qué estaba tan rara. Yo solo le había dicho que era cansancio. Él, la verdad, no había cambiado casi en nada conmigo. Si no los hubiera encontrado en aquella actitud en la cocina no habría notado ninguna cosa fuera de lo común. Pero cuando una ve algo así comienza a sospechar y no hay quien le detenga. En fin, qué te diré, en realidad estaba hablando de otra cosa y me distraje por eso de los antecedentes y las evocaciones. 
También recuerdo como si hubiera sido ayer nuestra salida del consultorio del ginecólogo, al que me había acompañado solidariamente para recibir los dictámenes finales después de todos los análisis y biopsias habidos y por haber. Bajamos hacia el estacionamiento y entramos en el auto como un par de zombies, sin decir ni mu. En mi mente resonaban algunas palabras claves de las sentencias del médico: mastectomía, quimioterapia, cirugía reconstructiva... En la suya, no sé. Eran como las siete de la noche y nos quedamos un rato sentados en el auto sin saber qué hacer. O sea, era obvio que él tenía que encender el motor y mover el auto, pero no lo hizo. Creo que ni siquiera puso las llaves en el encendedor. El aturdimiento cedió de golpe el paso al primer latigazo de la angustia cuando lo escuché preguntar, con una voz que parecía venir de ultratumba: 
-¿Cómo les vamos a decir a las hijas? 
Entonces no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas y tomé un pañuelo desechable del dispensador del mostrador del auto. Me apreté la nariz, lo recuerdo. Él me pasó un brazo por los hombros, me atrajo suavemente y al abrazarnos estallamos sin mayor trámite en un llanto apoteósico.
Tú sabes que hasta ese momento toda nuestra vida iba sobre ruedas. No habíamos tenido penas mayores: tal vez las muertes de nuestros padres, algo inevitable y que se llama, en buen cristiano, la ley de la vida. Sabes también que no somos ni hemos sido jamás de esa gente melodramática y escandalosa que anda suelta por ahí sollozando al menor conato de cualquier cosa. Y si bien es cierto que alguna vez se me salió alguna lágrima con alguna película no se puede decir que yo haya entrado jamás en esa categoría de lo que llaman una mujer de llanto fácil. Peor él, que pertenece a la generación de ‘los hombres no lloran’, tanto que ni siquiera lo hizo en el funeral de su padre. Por eso me resultó tan perturbador el ruido de sus sollozos mezclándose con los míos, que también se me hacían desconocidos, como si pertenecieran a otra persona. Mientras todo el cuerpo se me sacudía descontroladamente y mis ojos y mi nariz parecían tres cataratas de Iguazú puestas de acuerdo, algo en mi mente intentaba venderme ideas consoladoras: estamos en el siglo XXI, el pronóstico no es tan malo, lo dijo el médico, los tratamientos son dolorosos y caros, sí, los estragos son terribles, pero esto pasará, esto también pasará, ya verás, en un año nos reiremos recordando este instante de desolación. Pero por más que hacía no conseguía serenarme. Y él tampoco, porque además el instante de desolación ya iba durando como cuarto de hora y no se veían señales de que se fuera a terminar, por lo menos no en seguida.
Cuando creo que ya no nos quedaba un resto de lágrima más dentro del cuerpo, nos separamos del abrazo sin hablar. Yo tenía la nariz tapada y la hinchazón de los párpados me hacía casi imposible abrir bien los ojos, que no solo ardían, sino dolían. Rodrigo se sonó como durante diez minutos seguidos y luego me preguntó, con una voz tan griposa como si no se hubiera sonado nunca:
-¿No quisieras ir a comer algo antes de regresar a la casa?
Era una pregunta estúpida. ¿Con qué hambre? ¿Y entrar en un restaurante con esas caras de víctimas de un ataque alienígena con gas lacrimógeno? Ni siquiera contesté. Él, más compuesto, dijo lo que mi cabeza había estado farfullando todo el tiempo:
-Estamos en el siglo XXI, Amparo. El doctor dijo que el pronóstico no es tan malo. Es cierto que los tratamientos son duros y que hay estragos importantes, pero esto pasará, esto también pasará.
-¿Y entonces por qué lloraste así?
Me miró con sus ojos tan maltrechos como los míos, ensayó una tímida sonrisa y contestó:
-No es una noticia precisamente agradable, ¿no? La impresión, no sé. El verte mal a ti… Pero ya vas a ver cómo en un año o menos nos vamos a reír recordando este momento.
Y en un año nos reímos, claro. Me acuerdo que celebramos con champán en un restaurante carísimo, de esos a los que vas una vez cada nunca porque es un lujo que casi nadie se puede permitir. A mí todavía no me crecía el cabello de una forma presentable, así que fui con un turbante blanco que tenía dos rosas en el lado derecho porque nunca me gustaron las pelucas, la verdad. Y estaba lista para la cirugía reconstructiva en la que me devolverían mis formas femeninas, aunque no sabía si iba a poder volver a ponerme unos escotes como los tuyos. Fue entonces cuando pensé en ti por primera vez en mucho tiempo, Victoria. Bueno, sinceramente, había pensado eventualmente en ti alguna que otra vez, pero durante aquel primer ataque de la enfermedad Rodrigo fue tan cariñoso, tan considerado y dulce, tan solícito que habría resultado un insulto pensar que estaba tramando algo con mi mejor amiga. Y de ti tampoco me puedo quejar: venías a visitarme todas las semanas, invitabas a mis hijas a tu casa, al cine, a conocer los museos del Centro Histórico, tú, famosa historiadora del arte, haciendo sus delicias con el anecdotario de los próceres y los chismes no comprobados sobre los principales imagineros y pintores de la Escuela Quiteña para que olviden el cáncer de su mamá. Yo sé que todo lo hacías sinceramente, desde tu inmejorable corazón de amiga, y también sé, no te me hagas la ingenua, que en todo eso había una importante dosis de remordimiento. Porque sabías, ¿no? Lo sabías. Aquel encuentro en la cocina de la Rosita Puente no había sido el único momento de una suerte de intimidad con mi marido. Si bien nunca llegaron a mayores, era obvio que se atraían, y solo tu lealtad y su acendrado catolicismo les impidieron irse a las manos en el buen sentido de la expresión, ¿no es cierto? No quieras disimular porque yo seré cualquier cosa, menos tonta.
Pero no te preocupes, porque no te voy a reprochar ni a reclamar nada. Para Rodrigo siempre fuiste especial, lo sabemos ambas. Recuerdo, por ejemplo, el día en que nos enteramos de tu divorcio. A pesar de ser tan católico, dijo que se alegraba de que hubieras tomado una decisión que, según todos, debías haber tomado por lo menos un par de años atrás. Lo dijo al azar, como un comentario normal y corriente sobre la vida de una querida amiga, y así lo entendí en aquel momento. Después de todo, te habíamos visto sufrir tanto con las traiciones y otras agresiones de aquel, tu primer marido, cuyo nombre ahora mismo se me escapa porque después de todo ya no es importante.
Otras cosas son las que importan, ¿no es cierto? Por ejemplo, esas pequeñas manías que la gente va adquiriendo con la edad y que pueden dificultar la adaptación de una nueva pareja: los ronquidos, los temas con la ropa y la comida, los miedos inconfesables, las pequeñas neurosis que se disfrazan de mutismo y desazón. Desde ahora te digo que no te preocupes: no ronca. Pero cuando está preocupado (y últimamente lo ha estado mucho) sufre de espasmos mientras duerme: da  un sacudón violento y luego murmura tres o cuatro palabras que aparentemente no tienen nada qué ver entre sí mientras se reacomoda abrazando la almohada. Cosas que se aprenden. Otra: nunca, pero nunca, trates de interponerte entre él y la devoción que siente por sus hijas. Como te conté, en lo primero que pensó después del diagnóstico fatal fue en cómo se lo diríamos a las chicas. Ya hablaré con ellas para que te dejen tranquila. Te quieren, sabes, ¿no? Te están agradecidas por lo bien que te has portado durante este tiempo. Y están sufriendo tanto. Pero no tienes que ver por ellas. El tiempo va a sanar esa herida tan natural que es la orfandad, tú y yo lo sabemos bien, por dramáticas que resulten en su momento las escenas de funeral.
Pero con Rodrigo las cosas van a ser diferentes, lo sé. Después de todo son veinticinco años de vivir juntos sin habernos separado para nada, ni siquiera para algún eventual viaje de trabajo, porque el lema fue como la promesa matrimonial de los romanos: “Donde estés tú, Cayo, estaré yo, Caya”. Aunque en aquella escena de la cocina por un instante de descuido yo haya salido sobrando. Pero no importa. No creas que no me había fijado en ustedes cuando conversaban de los gustos que comparten: la música de Bach, sus conocimientos de arquitecto enlazándose con los tuyos de historiadora del arte, el jazz, la pintura... Y no es que a mí esas cosas no me gusten, pero yo ando por otros lados. Desde que los sorprendí en la cocina me vinieron a la mente durante toda la semana, hasta encontrarme el tumor, las tantísimas veces que conversaban en las reuniones de amigos incluso aquí mismo, en nuestra casa. El brillo de sus ojos, el embeleso de los tuyos, la sonrisa de ambos, las carcajadas que de repente estallaban entre los dos.
Nadie me dijo nunca nada. Nadie me vino con ningún chisme. Y a veces pienso que ni siquiera ustedes dos se dieron cuenta. Me quieren tanto y son tan íntegros que lo otro resultaba impensable. Lo comprendo. Y lo agradezco. Pero ahora toda esa cercanía servirá de algo, porque Rodrigo también se va destrozando de pena. No habla. No ha vuelto a llorar, al menos delante de mí, aunque hay noches en las que, cuando piensa que ya estoy dormida, se levanta, sale del cuarto y regresa como una hora después intercalando discretos ruditos de nariz y suspiros apagados que lo venden solo. Pero se va consumiendo en su angustia sin decirle nada a nadie. ¿Te das cuenta de cómo ha adelgazado? Y tiene el pelo completamente blanco, cosa del último año, o tal vez de los últimos meses o semanas, cuando los médicos dijeron que había metástasis en los pulmones y en el hígado y que muy poco nos quedaba por hacer. O sea, muy poco les quedaba por hacer a ellos, porque yo en cambio tenía que irme ocupando de todo lo que implica ir dejando arreglada la vida de quienes amas para que no vayan a sufrir más de lo que ya están sufriendo. Y rápido.
Mira, sobre comida y detalles de otro tipo, Rosaura ya sabe todo. No te vayas a deshacer de ella, es la ayudante más fiel, la nana de mis hijas que se ha dejado la piel en esta casa y creo que le caes bastante bien. Como toda persona mayor, tiene sus olvidos y sus manías, pero igual te va a ayudar en todo. Y más allá de que a Rodrigo le guste o no el locro con espinaca o acelga o de que los puños de las camisas tengan que estar impecables, lo que te quiero pedir es que no dejes de hablar con él sobre las cosas que les gustan a ustedes dos: eso que hace que tus ojos se pongan embelesados y que los suyos brillen de entusiasmo. Vayan a los museos con las chicas. Sigan reuniéndose con los amigos. Y si algún idiota de esos que nunca faltan insinúa alguna cosa de mal gusto, cállenle la boca diciendo que yo misma me encargué de que estuvieran juntos, que no se pongan pesados. Porque tú y yo sabemos, amiga querida, que es de buen tono saber cuándo nos toca hacer una retirada honrosa y dejar libre un sitio en el que fuimos infinitamente felices durante mucho tiempo, pero que tal vez ya nos toca entregar para que alguien a quien queremos mucho lo pueda ocupar sin sentir que lo usurpa o que lo roba.
Y por favor ya deja de llorar, que se te está estropeando el maquillaje. ¿Te cuento algo? Una vez, hace años, Rodrigo me preguntó que por qué no me arreglaba los ojos igual que tú, que te lucía precioso.
A que veas.


lunes, 1 de abril de 2013

exceso de conexión

No podemos ir juntos, dijo él, tengo una reunión.
Bueno, dijo ella, todo bien.
Cuando ella llegó, él todavía estaba en su reunión y ella se quedó un rato afuera, con las otras personas de la otra reunión. Un rato más tarde, él llegó y saludó con un tímido gesto masivo al que ella también correspondió con cierta timidez. 
Al sentarse un poco retirado, él le buscó los ojos para saludar por contacto visual, pero ella miraba a otra parte. 
Luego, ella le buscó los ojos para saludar por contacto visual, pero él miraba a otra parte.
Ambos se preguntaron si a la otra persona le pasaría algo. 
Él intentó un segundo contacto, pero ella miraba a otra parte. 
Ella intentó un segundo contacto, pero él miraba a otra parte. 
Al tercer contacto fallido, cada uno se preguntó en su interior si el otro o la otra estaría molesto o enojada por algo. 
Tras un cuarto contacto fallido, cada uno revisó en su conciencia si había alguna manchita acusatoria.
Nada.
Y tras el quinto conato de contacto visual, pensaron que era mejor no insistir, después de todo, la reunión no era para eso, así que se centraron en la charla del conferencista, pero de vez en cuando seguían preguntándose si no pasaba algo. También mediaba un poquito de orgullo: "que no vaya a creerse que me importa tanto..."
Un rato, ella fue al baño a meditar sobre lo que pasaba... y otras cosillas, claro.
Él nunca fue al baño, pero se interrogaba si de repente ella no tendría algún problema familiar que la ponía así de hosca.
Y al regresar del baño ella también se preguntó si él no estaría preocupado por algún drama de su familia. 
A medida que se aproximaba el final de la reunión, tanto ella como él tenían lista la pregunta para el otro o la otra sobre qué le pasaba, por qué estaba tan seria o serio, ¿hice algo que te molestara? No recuerdo... En fin... ¿te pasó algo?
Fue él quien rompió el hielo hacia los minutos finales de la reunión, con un gesto interrognate. Ella lo repitió, dirigiéndose a él. A ninguno de los dos le sucedía nada. Todo bien. Todo en orden.
Ya para salir, amigo y amiga, al habitual regreso juntos hasta donde se pudiera, repasaron la reunión de la noche. Ella contó su parte de las preocupaciones y las dudas. Él completó, antes de contar la suya:
-A mí me pasó exactamente lo mismo.
Y cuando relató todo su rollo, ella, riendo con ganas, explicó lo suyo: 
-Igualito me sucedió a mí...