micros de desamor, soledad y amor...



Cuando por fin pudo dejar de llorar miró el campo bajo la noche. No sé dio cuenta de la inmensidad de sus sentimientos hasta que descubrió que lo que parecía el reflejo de las estrellas en la vegetación eran sus lágrimas congeladas en el tiempo. Y aunque se dude un poco, jamás había visto algo tan bello.

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El mundo estaba lleno de parejas, y ella deambulaba sola por calles repletas de manos tomadas y de bocas prensadas la una contra la otra. Tal vez sufría tanto porque de fuera no se alcanzaba a ver la espantosa soledad que poblaba muchos de aquellos corazones aparentemente tan bien acompañados...

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BALAZO

Hizo algo que un buen amigo no haría sino por error: quizá sin pensarlo, le sacó en cara su soledad. Ella solo sintió un leve toque cerca del corazón; de noche unas gotas de sangre mojaron la cama, y de a poco la hemorragia se volvió clamorosa. Pero no murió: en el agujero de la temible herida brotaron pequeños pétalos violetas, esa preciosa flor de humildad que cultiva en el alma el dolor de aprender.

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Cuando dejó de ver a su soledad como un monstruo pudo darse cuenta de que todo el mundo aprendía a apañárselas con la suya: aquel hombre que hacía el amor con ella cuando su esposa le daba la espalda para dormir, la niña que la convirtió en amiga imaginaria, y ella misma, al abrazarla y comprender que no se trataba precisamente de una cruz, sino del privilegio de aprender a ser, en silencio, su mejor compañía.

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MA NON TROPPO

Supo que si hablaba de amor lo echaría todo a perder. Entonces solamente se dedicó a hablar de música, de poesía, de cine, de la vejez de los padres y de la adolescencia de los hijos, del tiempo que carcome las esquinas del alma y de lo ricos que son los helados de manjar. Y a escuchar muy atenta lo que venía de vuelta. Y así se fue a la tumba, convencida, erróneamente, de que jamás habían hablado de amor.

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En medio del abrazo, tuvo que decir cualquier cosa para impedir el devastador estrago de la emoción, pero nunca olvidará cómo brillaban las lágrimas en los ojos de él mientras fingían hacerse cargo de algún asunto logístico de esos que nunca faltan para disimular el canto de los corazones entrelazados.

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Decidió solo abrir la mano. Despacio. Los dedos dolían en el esfuerzo de soltar lo atrapado. Pero en realidad no había nada. Cuando por fin la palma quedó a la vista, una preciosa mariposa azul se posó en ella. Y se fue, claro. Pero también vino la lluvia, y el sol, y la felicidad de lo gratuito y libre en su tranquilo paso por el mundo y la vida.

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Lo amó hasta el punto de sencillamente dejarlo en paz. A veces, en algún sueño, lo veía sonreír, tan solo eso. Y entonces era feliz al despertar.