lunes, 19 de julio de 2010

como una flor



Ahora ya soy grande. Más grande, quiero decir. Tengo novio. Y lo quiero mucho. Pero a veces han ocurrido cosas que no resulta tan sencillo dejar atrás. En realidad no es fácil hablar de lo que ya pasó. El caso es que una es pequeña todavía y algo sucede. Algo que pensamos que es mejor no decir, no contar. Olvidar, en últimas.
Ella era dos o tres años mayor que yo. Y bailaba. Y nos enseñaba a bailar para la comedia musical de fin de curso. Tenía los ojos almendrados, verdes, brillantes. Tenía la piel como de seda. A veces se movía como un hada, a veces como un huracán. Y yo de grande (porque era más chiquita) quería ser como ella. Tal vez por eso hacía lo que más podía para  imitar sus movimientos, sus gestos, sus guiños y su sonrisa. Porque su sonrisa era hermosa, y no solo por los dientes perfectos en su alineación y color, sino por la frescura del gesto, por la calidez de la expresión. Por cómo era ella, así, como una flor.
¿Qué flor?
No sé.
Una cucarda no necesariamente rosada.
Un cartucho.
Un anturio.
En fin, no importa.
Nos hicimos amigas pronto. No sé si a todo el mundo le pasa, pero hay gente con la que enganchas en seguida, ¿no? Es como si hubiera una corriente magnética, se podría decir. Algo eléctrico. Entran en un cuarto lleno de gente y sabes que con esa persona algo pasará, más tarde o más temprano. Después de demostrar el baile, me llamó a mí al centro de la pista para que lo repitiera con ella. Me dio la mano porque de repente yo no atinaba qué hacer.
Tenía catorce años.
Y sentí que entre su mano y la mía cruzaba esa corriente eléctrica.
Y sus ojos y su sonrisa me dijeron que ella también lo sintió.
Bailé. Bailamos. Luego nos tomamos todos un helado porque el ensayo había ido muy bien. Ella vino a conversar un poco conmigo sobre por qué hacía esto. Cosas que siempre se conversan con amigas que acabas de conocer. Nos dimos los correos electrónicos para chatear.
Me fui. Lo bueno de tener catorce años es que todavía no hay experiencias previas para comparar. Tal vez por eso no me asustó ni me sorprendió que la imagen de su rostro sonriente volviera una y otra vez a mi pensamiento. Era una amiga. Era, mejor dicho, la mejor bailarina de todo el colegio. Y le había gustado mi baile. Tanto, que me había dado la mano para sacarme al escenario a hacer la demostración del baile con ella. Me sentí orgullosa. Feliz.
Cuando en la casa conté cuatro y cinco veces lo que había pasado, mis papás fueron quienes se me quedaron mirando con extrañeza y comenzaron a hacer más preguntas sobre el personaje que sobre la situación. Y cuando por fin dije que me había encantado su arte, su baile, su gesto, y que era preciosa y se parecía a una flor, mi mami se quedó en seco recogiendo un plato de la mesa y levantó una ceja hasta más arriba de la mitad de la frente mientras su boca preguntaba:
-¿Como una flor? ¿Qué flor?
Ya dije: un cartucho, tal vez. Un anturio rojo y brillante. Algo así. La tensión no se fue de la cara de mi mami aunque trató de espantarla murmurando:
-La quisiera conocer.
Las mamás saben todo. Aunque no lo digan. Aunque no se den cuenta. Incluso cuando piensan que no saben. Y saben todo antes de que pase. Al menos la mía. Pero no dijo nada. Bajó la ceja y siguió con sus cosas.
Pero bueno, aunque mi mamá fuera a saber, una de las cosas que aprendí en este punto de mi vida es que una cosa es saber y otra enterarse. Por eso mejor dejé de hablar tanto de ella. Mejor dicho, de nosotras.
No sé si ya dije que era como una flor.
Seguro que lo dije.
Hermosa como el único pétalo de un anturio encendido resplandeciendo en el aire.
Hermosa para atraer a los quindes y a las abejas.
Con su sonrisa.
Y su mano extendida hacia la mía para que pasara a demostrar el baile a su lado.
Y su perfume “Anaïs-Anaïs” llenando el ambiente de un segundo al otro.
Y yo que de grande quería ser como ella.
Al salir del ensayo nos fuimos a tomar un helado y a conversar. Y no me importó mucho llegar un poco tarde a la casa. Ella me dijo:
-Yo te acompaño hasta el barrio, o si quieres hasta la puerta de tu casa.
-Puedes entrar un ratito si quieres –le contesté.
Ella solamente sonrió, como quien no quiere la cosa:
-Mejor  no. Yo también tengo que hacer deberes hoy noche.
En realidad, si nos ponemos a ver, no hay mucho más qué decir. Las cosas pasan. Como dice Mafalda en uno de sus chistes: “Las cosas no van: vienen”. Y vienen. Y para qué hablar de lo que vino si ya no está. Si ya no estará más.
Ese apretón de manos un poco más demorado que los demás al regresar apresurada después de mi presentación, en medio de aplausos y bravos más de la familia que del público de verdad.
Ese ofrecimiento para ayudarme a cambiar rápido el atuendo para el segundo acto.
Ese suave roce de labios entre la espalda, el hombro y el cuello en el bullicio y la aglomeración del camerino.
Y las miradas encontrándose sin trabas en el aire.
Te quiero.
Yo también.
Y solamente comprenderlo en su magnitud después de habérnoslo dicho.
Te quiero.
Yo también.
Pero la obra seguía.
La vida seguía.
Y de repente en el colegio huir la una de la otra, bajar los ojos al encontrarnos en el patio o el corredor.
Solo que alguien en alguna parte acomoda las cosas, las organiza y las arregla para que pase lo que tiene que pasar, que le dicen.
Pensar en ella.
Dibujar su nombre en las esquinas de las hojas del cuaderno.
Y la flor. El anturio rojizo de la maceta haciéndome guiños cada vez que pasaba por delante de él.
Porque no sé cuántas veces dije ya que ella era como una flor.
Y cuando nos fuimos de gira con la obra a un intercolegial interprovincial o algo parecido terminamos en el mismo cuarto del hotel por azares de la vida o por presión de nuestro propio deseo.
Nadie debe saberlo, pero tan solo entonces pude sentir por primera vez la tersura de mi piel contra otra piel. Sus manos despaciosas acariciando mis caderas, nuestras piernas entrecruzándose en medio de la oscuridad. Y sus labios en mi boca.
Dormir abrazadas.
Eso.
La vida esconde sus secretos en baúles repletos de ropajes ajados. De repente comprendes que no eres la primera a la que esto le ocurrió, ni serás la última. Solo eres una más en el universo. Sin embargo, y ella misma te lo dice:
-Es mejor dejar de vernos. En verano me voy a estudiar fuera. Este país es demasiado pequeño para comprender.
Así dice.
Y lloras una tarde entera encerrada en tu cuarto porque de pronto no comprendes tu vida ni las cosas que suceden, y peor las que dejan de suceder.
De vez en cuando, su nombre en la computadora, titilando en un mensaje. Cruzamos unas pocas palabras, unas cortas frases. Le cuento que tengo novio. Me dice que qué bueno, que también ella anda con alguien, allá, lejos.
Entonces me vienen unos ligeros celos, algo así como una comezón en la garganta. Pero no importa. El nombre de mi novio también se prende en la computadora y al saludarlo pienso que la vida tiene que seguir, que tal vez este país sí es demasiado pequeño como para comprender.
Como para comprender, sobre todo, que en verdad ella era como una flor.
Y yo también.

martes, 6 de julio de 2010

sombras ajenas



Martine abre los ojos. De alguna parte le llega música. Coros. Cantatas de Bach. Una música antigua, inverosímil para este paisito del tercer mundo en donde ahora mismo no comprende bien por qué ha venido a dar. No recuerda lo que pasó ayer, y siente en el torso y las articulaciones el peso de una resaca que no identifica bien a qué corresponde. ¿Ha bebido? ¿Qué ha pasado?
Sabe que tiene que huir antes de que sea tarde. Antes de que el sol se transforme en lluvia, la lluvia en diluvio, y el diluvio en fin del mundo. Hizo mal en venir a esta casa ajena y vacía, de la mano de Philippe, ese muchacho con el que alguna vez se prometió un amor que ni siquiera en aquel momento sabía si era eterno, peor ahora. ¿Dónde está él? Siente, en el fondo, que no importa. Se incorpora, despacio. La música ha cambiado. Ahora es un oboe, algo así, rasgando suavemente el aire con su sonido tranquilizador. L’Offrande Musicale, piensa Martine, quizás algo de sus años de colegio o quién sabe de cuándo. Se mira: lleva su vestido de florcitas azules, el mismo que usaba el día en que con Philippe le propusieron a la dueña de la casa quedarse un tiempo, más allá de que ella les dijera que no era aconsejable, que no era conveniente, que la casa se caía a pedazos, que guardaba demasiado pasado acumulado. Entonces se habían mirado y habían sonreído apenas con los ojos y un leve movimiento de las comisuras de los labios, poniéndose de acuerdo, como en aquel momento parecía que siempre iba a ser.
También recuerda el té que se tomaron en la casa que ocupaba la señora, una edificación más sólida y moderna en la parte superior del terreno en pendiente, y su cada vez menor resistencia a cederles la construcción más vieja y destartalada.
¿Cuándo sucedió aquello? Martine se siente aturdida. Le parece haber vivido siglos desde ese tiempo, y sin embargo, no llega a ser una semana. Una semana en la que fue advirtiendo en los ojos pequeños y claros de Philippe que la vida juntos no era lo que ella pensaba, y que el pasado de la casa se filtraba por las células de él más que por las de ella para irlo convirtiendo en alguien pusilánime, incapaz de decidir, sin fuerzas siquiera para cambiar de sitio un mueble. Martine se sienta en el colchón que ha hecho de cama durante estos días. Nota, con un ligero sentimiento de horror, que no hay sábanas, que nunca las hubo, mira las líneas verticales, azules y blancas del colchón cerca de su vestido también azul y blanco pero con florcitas minúsculas, ligeras sugerencias de violetas.
Demasiado pasado acumulado, dijo la señora al atenderlos.
¿Dónde está Philippe?
La música sube por las paredes, como en una especie de afán por ir carcomiendo la madera apolillada de las vigas. Raro, una casa de madera en estos lugares en donde prima el hormigón, el adobe, el cemento. Recuerda las pocas noches que ha dormido con Philippe sobre ese colchón astroso, tapándose apenas con una cobija áspera, esperando qué. Esperando qué. El amor no basta dijo alguien alguna vez. No basta. Pero ¿qué era el amor? ¿Acaso ese apresurado matrimonio en algún lugar de Francia? ¿El viaje aventurado a algún sitio lejano y exótico para tener nuevas experiencias? ¿El sexo a toda velocidad en cualquier parte, mordiéndose los labios, de pie contra la pared de un baño de un hotel, de un centro comercial, de un restaurante, o sobre este colchón cuyo relleno de ceibo se amontona como tumores en los sitios más incómodos? ¿Los je t’aime, je t’aime trop dichos primero con pasión, con verdad, y luego cada vez más rutinarios y espaciados porque entre ambos no mismo nada? La decepción de Martine una vez que alquilaron la casa e hicieron planes para sembrar flores en el jardín, para fabricar mermeladas, para irse de mochileros a la selva o a Machu Picchu o por toda Sudamérica. La broma de que si lograban remodelar aquella edificación se quedarían con ella.
Demasiado pasado acumulado, había dicho la dueña. Si estaban dispuestos a soportarlo… ¿Puede el pasado ajeno envenenar la vida de alguien que ni siquiera lo conoce? Philippe no aparece por ningún lado, y eso, curiosamente, provoca una honda sensación de alivio en Martine, que ya se ha levantado del colchón y comienza a caminar despacio por las habitaciones abandonadas, sin cortinas, con el papel de la pared descascarándose y descolgándose de a poco en largas tiras hacia el suelo, también un papel de florcitas azules, solo que distribuidas en los típicos adornos tipo rococó de hace mucho tiempo atrás. Demasiado pasado acumulado.
-Philippe?
-Où es-tu, Philippe?
Cuesta tanto poner al final ese mon amour, muletilla que antes fluía en todos los encuentros, después de cada beso, como colofón de todos los orgasmos, y como susurros finales antes de quedarse dormidos. Pero ahora las palabras se vuelven rasposas sobre la lengua y las habitaciones vacías no son más que un reflejo de lo que habita en el corazón.
El ruido de una puerta que se abre y se cierra en el piso de abajo resuena en las sienes de Martine como un pistoletazo. De repente se da cuenta de que, si algo no quiere en este momento, es encontrarse con Philippe. Ni con nadie, pero con él menos que con nadie. Siente pánico. Demasiado pasado acumulado. Corre desenfrenada en dirección opuesta a las escaleras que unen los dos pisos, haciendo resonar con sus pies descalzos los tablones desiguales y descuidados. Sabe que tiene que huir. Que no se puede quedar un minuto más; pero tampoco puede salir por la puerta, no puede encontrarse con Philippe, no puede darle una oportunidad a nada. A nadie. Ni siquiera a ella misma. Entonces encuentra una ventana abierta sobre una especie de porche posterior en donde se acumulan muebles viejos. Sin pensar, se arroja hacia abajo, y va cayendo de a poco entre herrajes, viejos pupitres de niños desconocidos, tapices rotos y maderas desvencijadas que le astillan la piel y le desgarran el vestido. Luego, solo corre, descalza sobre el camino de grava y sobre la hierba, corre hacia la casa de arriba, a buscar refugio en la impenetrable y doliente sabiduría de aquella anciana que no había querido alquilarles la casa tan solo porque guardaba demasiado pasado acumulado.

el último día que llovió


Algunas personas todavía lo recuerdan. Entonces aún era el tiempo de la esperanza, o eso se creía, aunque cada vez las nubes se veían más ralas y esporádicas en un cielo amarillento y desvaído. Algunos animales, los más viejos, ya habían comenzado a resignarse a su suerte, y se iban tumbando bajo los cactus y los árboles calcinados que aún se sostenían sobre el suelo resquebrajado.
En aquel entonces, tampoco se recordaba la última vez que había llovido. Lo que sí sabían era que el tiempo se medía en meses, por lo menos. Algunos niños pequeños no entendían las palabras relacionadas con lluvia: tal vez nube sí, porque de vez en cuando una especie de resto de algodón deshilachado transitaba por el cielo; pero nada de nubarrón, ni de llovizna, peor de chubasco o aguacero. Esas eran cosas que pertenecían al pasado, a un remoto tiempo en donde ocurrían hechos más allá de lo normal, como la aparición de duendes que ayudaban a encontrar objetos perdidos, o de hadas que cumplían deseos, cualquier clase de deseo, menos que lloviera.
Se sabía que en otras partes la falta de lluvia había hecho que la gente se volviera agresiva. Eso contaban los viajeros: había quien mataba por un poco de agua encontrada en el fondo de un pozo, quien chantajeaba con goteros a madres desesperadas, y aun quien vendía su llanto o su sudor.
Sin embargo, entre nosotros la falta de agua ha degenerado en apatía: esto de acomodarse a la sombra de los cactus gigantes que comenzaron a proliferar aquí y allá, chupando con sus raíces el agua subterránea. Pero ojo, estaba más que prohibido atacar los cactus para obtener el líquido de sus ramas, eso solo se podía hacer en caso de extrema emergencia, si se quería conservar la vida, aunque había quien, en su desesperación, había llegado a morir acribillado por acercarse provisto de una hoz a un cactus en la oscuridad de la noche. E incluso las autoridades más severas llegaron a rodear los cactus con cercas electrificadas que solo se podían desactivar por los servicios de primeros auxilios urgentes y por nadie más.
La gente más anciana relataba historias de cuando en tu propia casa girabas una llave y caía agua de un tubo. De cómo las ciudades se adornaban con grandes fuentes en donde el agua fluía incesantemente solo para el deleite de los transeúntes. Hablaban de cómo el agua de los ríos y cascadas producía energía eléctrica y movía molinos y otro tipo de maquinarias. Ahora sabemos que esas cosas aún ocurren, pero demasiado lejos de aquí como para que se puedan ver. Son unos pocos los que gozan de esos privilegios y sus mansiones se encuentran fuertemente vigiladas por guardianes armados hasta los dientes y perros asesinos que huelen la sedienta presencia a kilómetros de distancia.
Pero algunas personas todavía recuerdan con nostalgia el último día de lluvia que se ha conocido: nadie puede explicar bien cómo en medio de la desolación de la sequía, entre esqueletos de animales, plantas raquíticas y niños polvorientos que poco a poco iban decayendo a causa de la sed, las hilachas que eventualmente paseaban por el cielo comenzaron a amontonarse. Los más viejos no quisieron tentar ningún tipo de esperanza y repitieron que, como ya había ocurrido muchas otras veces, era solo un engaño de la naturaleza, el agua residual que después se dispersaba en el aire y venía en forma de rocío a la madrugada. Y les creímos. Es mejor no tener ilusiones. Después de todo, fuimos aprendiendo ya a vivir así: a recoger las gotas acumuladas en el cáliz de una flor de cactus y cuidarlas como un tesoro. No importa que tengamos la lengua cubierta de tierra, la piel costrosa y descamada, el cabello grasiento y reseco a un tiempo: el agua es un bien precioso, se guarda solo para tomar un sorbito leve cuando la sed atenaza, para dárselo a los niños o a los más viejos si es del caso. Las gotas que produce el cuerpo, como sudor, lágrimas e incluso orina también se han convertido en bienes de valor incalculable y mucha gente recoge, sobre todo sus lágrimas, aún en medio de la perturbación del llanto, para conservarlas y utilizarlas en caso de emergencia. Pero de un tiempo a esta parte vamos descubriendo que al llorar nos salen menos lágrimas y nos preguntamos si algún rato ellas también se acabarán.
El último día que llovió dicen que todavía quedaba por ahí alguno que otro perro de esos que lustros antes se llamaban falderos y que quién sabe cuándo se les podía bañar cada quince días, pero en aquel entonces ya se veían desharrapados y cubiertos de sarnas y costras que se rascaban en medio de las calles polvorientas de lo que antes fuera una bella ciudad con canales y fuentes. Cuentan que las nubes se fueron amontonando, parsimoniosamente, durante ocho, diez días, hasta que el sol quedó totalmente cubierto. Dicen que una luz alargada las rasgó como una rajadura incandescente, que en seguida se escuchó el retumbar del cielo, y otra vez, y otra, y otra más, y que nadie pudo creer cuando las primeras gotas empezaron a cubrir el suelo de circulitos oscuros. Dicen que los ancianos lloraron de alivio y de nostalgia. Las madres y la gente práctica sacaron recipientes para recoger la mayor cantidad posible de agua, y dicen que los niños más pequeños al principio tuvieron miedo, pero los más grandecitos y los adolescentes salieron a recoger la lluvia en las manos y a danzar, abrazarse y besarse en medio del agua que venía del cielo durante el medio día que duró el aguacero y después hasta los bebés se quedaron chapoteando en los charcos fangosos mientras se pudo. En ese breve tiempo, dicen, todos fueron muy felices.
Pero se terminó. Aunque mucha gente aún lo relata, nadie puede dar una fecha, un día de la semana, una hora exacta. Algunos ni siquiera saben si fue de día o de noche, y se mezclan las anécdotas sobre la luz de las estrellas apareciendo poco a poco en medio de las nubes que se iban desgastando con el paso de la lluvia con las anécdotas de cómo finalmente regresaron la luz y el calor y el eterno verano infernal sin solución hasta el día de hoy.
Dicen que en otras partes, allá, lejos, los científicos ya están buscando maneras de hacer llover de nuevo; pero dicen también que venden caro sus secretos, como lo hicieron desde siempre con sus medicinas y sus descubrimientos de toda clase.
Hoy por hoy, desde aquí no se ve más que el cielo amarillento, con un gigantesco sol inmisericorde que se enciende desde muy temprano y ya no se va nunca. Aunque dicen también que así fue hace mucho tiempo atrás, tan solo unas pocas semanas, unos pocos días, quizá dos o tres horas antes de la última vez que llovió.