lunes, 1 de abril de 2013

exceso de conexión

No podemos ir juntos, dijo él, tengo una reunión.
Bueno, dijo ella, todo bien.
Cuando ella llegó, él todavía estaba en su reunión y ella se quedó un rato afuera, con las otras personas de la otra reunión. Un rato más tarde, él llegó y saludó con un tímido gesto masivo al que ella también correspondió con cierta timidez. 
Al sentarse un poco retirado, él le buscó los ojos para saludar por contacto visual, pero ella miraba a otra parte. 
Luego, ella le buscó los ojos para saludar por contacto visual, pero él miraba a otra parte.
Ambos se preguntaron si a la otra persona le pasaría algo. 
Él intentó un segundo contacto, pero ella miraba a otra parte. 
Ella intentó un segundo contacto, pero él miraba a otra parte. 
Al tercer contacto fallido, cada uno se preguntó en su interior si el otro o la otra estaría molesto o enojada por algo. 
Tras un cuarto contacto fallido, cada uno revisó en su conciencia si había alguna manchita acusatoria.
Nada.
Y tras el quinto conato de contacto visual, pensaron que era mejor no insistir, después de todo, la reunión no era para eso, así que se centraron en la charla del conferencista, pero de vez en cuando seguían preguntándose si no pasaba algo. También mediaba un poquito de orgullo: "que no vaya a creerse que me importa tanto..."
Un rato, ella fue al baño a meditar sobre lo que pasaba... y otras cosillas, claro.
Él nunca fue al baño, pero se interrogaba si de repente ella no tendría algún problema familiar que la ponía así de hosca.
Y al regresar del baño ella también se preguntó si él no estaría preocupado por algún drama de su familia. 
A medida que se aproximaba el final de la reunión, tanto ella como él tenían lista la pregunta para el otro o la otra sobre qué le pasaba, por qué estaba tan seria o serio, ¿hice algo que te molestara? No recuerdo... En fin... ¿te pasó algo?
Fue él quien rompió el hielo hacia los minutos finales de la reunión, con un gesto interrognate. Ella lo repitió, dirigiéndose a él. A ninguno de los dos le sucedía nada. Todo bien. Todo en orden.
Ya para salir, amigo y amiga, al habitual regreso juntos hasta donde se pudiera, repasaron la reunión de la noche. Ella contó su parte de las preocupaciones y las dudas. Él completó, antes de contar la suya:
-A mí me pasó exactamente lo mismo.
Y cuando relató todo su rollo, ella, riendo con ganas, explicó lo suyo: 
-Igualito me sucedió a mí...