lunes, 27 de febrero de 2012

cabinas para llorar


para Pancho,
como es obvio

No ha sucedido nada sino la soledad,
acaso demasiado cotidiana como para relatarla.
Emily Dickinson

Encontré a mi amigo Pancho sentado ante una mesita sencilla, en una esquina del local. Leía, de seguro para matar el tiempo. Saludamos con un abrazo y un beso en la mejilla. Me senté en una silla libre que estaba al otro lado de la mesa. Pancho cerró el libro y sonrió por eso de la cortesía, supongo; pero tenía un aire de cansancio cuando me dijo:
-Hola, ¿qué más?
Me sentía un poco intimidada en su presencia, y no sé por qué, pues somos muy buenos amigos. Pero de repente, esa cara de pereza, de bostezo mal contenido, esa expresión en unos ojos que acusaban sueño, aburrimiento, no sé.
-Pasaba por aquí… -dije.
-Claro. Qué bueno, así me acompañas un rato. Este trabajo resultó un poco aburrido.
Posiblemente habíamos estado mucho tiempo sin encontrarnos, aunque se veía igual que la última vez. No pregunté nada. Miré las ventanas altas, las cabinas, como de un centro de cabinas telefónicas, pero sin ventanillas visibles. Iba a comentar que por lo menos ahí se podía leer, pero Pancho ya me estaba explicando:
-Son más grandes por adentro, esto que ves aquí es solo la puerta de entrada. Mejor dicho: las puertas de entrada.
Lo miré sin poder contestar. No tenía idea de para dónde podían prolongarse las cabinas si estábamos en una casa esquinera. ¿Serían subterráneas? Y claro, me lo dijo como si la pregunta ya me hubiera brotado de los labios:
-En realidad, están más abajo. Si no, imagínate el escándalo que sería aquí.
-¿Hace mucho escándalo la gente?
-Depende. Mejor dicho, no sé. Aquí arriba no se oye nada.
Sonrió, con un poco de picardía. Me preguntaba por qué estaba ahora haciendo este trabajo tan raro si antes le iba tan bien como psicólogo y en otros menesteres por el estilo. Se desperezó, estirando los brazos y ahogando un bostezo. Retomó el libro, pero luego me miró, como diciendo: “no vale que me ponga a leer así como así, delante de ella”, y lo dejó sin abrir sobre la mesa.
-¿Y cómo supiste que estaba en esto?
-No supe. Te vi al pasar y entré a saludarte. Pero también me llamó la atención el rótulo.
Se rió, encantador. No quería explicar, de seguro, porque solo se encogió de hombros y miró el reloj.
-¿Eres el único que hace esto? –le pregunté.
-No. Hay otras dos personas. En realidad, sacando cuentas, son dos o tres tardes por semana, a veces menos… Te pagan por hora de supervisión.
-¿Y tus otros trabajos?
Sonrió:
-Ahí están.
Me reí, él también se rió. No pregunté nada hasta cuando sonó un timbre y se encendió una luz verde en una de las cabinas. Pancho oprimió un botón bajo el tablero de la mesa y se escuchó saltar el seguro de la puerta.
-Ya mismo sale –me dijo, un poco misterioso –. Vos no pondrás cara de nada. A veces se te notan demasiado las emociones.
-Y las opiniones –completé.
La puerta se movió levemente y apareció un señor de mediana edad, con gafas oscuras escondiéndole los ojos, pero con la nariz enrojecida y brillante. Pancho buscó unos papeles en la mesa, sacó unas hojas con líneas y se las extendió, sonriendo, afable:
-Firme aquí, por favor.
El hombre tomó el esferográfico con gesto vacilante y trazó un garabato en donde Pancho le había indicado. Luego se incorporó, sorbió un poco por la nariz, sacó un pañuelo muy arrugado y se sonó. Pancho le preguntó, con amabilidad:
-¿Todo bien?
El hombre asintió con la cabeza. Pancho le dio una indicación final:
-Si necesita otra sesión, no tiene más que llamar. Pero le cuento que en diciembre es un poco congestionado esto.
El hombre se sonó de nuevo, intentó una sonrisa, dijo ‘gracias’ y salió por la misma puerta por donde yo había entrado hace un cuarto de hora, más o menos. A mí me dio risa, y al ver cómo la contenía, Pancho se rió también, levemente:
-¿Qué te hace gracia?
-No sé… Todo esto…
Pancho miró nuevamente su reloj. Luego me miró:
-Faltan dos personas. ¿Quieres que te haga conocer abajo cuando se vayan?
Le pregunté si no se aburría de estar ahí sentado unas cuantas horas, aunque fuera dos o tres tardes a la semana. Iba a responderme, sonriendo, pero en eso sonó otro timbre y se prendió otra luz en la puerta de otra cabina. Pancho volvió a apretar el botón bajo la mesa. Luego me miró, travieso, y me guiñó un ojo.
En pocos minutos apareció una señora como de treinta o treinta y cinco años detrás de la puerta recién asegurada. Igual que el hombre, tenía la nariz colorada, pero no llevaba gafas oscuras, y sus ojos, hinchados y enrojecidos, acusaban por lo menos una media hora de llanto sostenido. Se acercó a la mesa mordiéndose los labios. Pancho sacó los papeles y le pidió la firma. Luego le preguntó:
-¿Todo bien? ¿Cómo se siente?
La mujer ladeó un poco la cabeza. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Pancho miró el reloj y luego la miró a ella, como disculpándose:
-Ya mismo hay que cerrar.
Una lágrima bordeaba la nariz de la mujer que, sin embargo, dijo:
-Sí, claro. No se preocupe –sacó unos kleenex de la cartera y se apretó la nariz con uno de ellos –. Comprendo. ¿Será que puedo venir otro día?
Pancho sonrió de nuevo, compasivo:
-Claro. Pero tiene que llamar antes. Y no se olvide que diciembre es un mes congestionado.
-Ya. Muchísimas gracias. Hasta luego.
-Hasta pronto.
La mujer salió, ambos nos quedamos mirando y soltamos la risa con un resoplido. Al cabo de un rato, le pregunté:
-¿Por qué le dijiste ‘hasta pronto’?
-No sé –respondió, todavía risueño – se me chispoteó…
Y nos reímos más, como si fuéramos dos adolescentes compañeros de colegio; pero justo en ese momento sonó el tercer timbre. Pancho se puso serio de golpe y oprimió nuevamente el botón que abría la puerta de la cabina. Allí apareció una muchacha muy joven, en uniforme de colegio, sonándose con un pañuelo de tela de esos que casi ya no se ven, estampados con flores de colores y que, como quienes la antecedieron, lucía un intenso enrojecimiento en los ojos y la nariz. Se acercó vacilante a la mesa en donde Pancho le extendió la hoja de papel sin decirle casi nada. Noté que le seguían brotando lágrimas y miré a Pancho con un poco de lástima compartida. Entonces él habló, suavemente:
-¿No quisieras bajar un ratito más?
La muchacha negó con la cabeza, sin separar el pañuelo de la nariz. Luego sorbió un poco y dijo:
-Estoy bien. Ya se me pasa.
-Bueno. Entonces firma aquí, por favor.
Firmó, se despidió y salió sin dejar de sonarse. Pancho suspiró levemente. Me miró y sonrió, pero ya sin ese aire travieso de hace un rato. Más bien le volvía el cansancio a los gestos y a los ojos. Hizo algunos cálculos y escribió algo en la hoja en donde recolectaba las firmas. Firmó el también, al final, y luego levantó otra vez la mirada hacia mí:
-¿Y, entonces? ¿Quisieras conocer?
-Solo si no estás muy cansado.
Sonrió otra vez, con cansancio, pero también con la expresión de quien no se siente muy afectado por tener que mostrarle unas cabinas de llanto a una amiga.
-Vamos a que veas. De todas formas hay que bajar a ver que no se hayan olvidado nada, a apagar las luces (casi nunca se acuerdan) y a dejar todo en orden. ¿O te quieres quedar esperándome aquí?
No sé por qué le contesté con cierta brusquedad:
-Tal vez me quiera ir.
-Ah, bueno. Solo es cuestión de avisar. No hay problema.
Pero, como siempre, me arrepentí en seguida:
-No, no. Vamos nomás. Perdona, es que…
-Ya, tranquila. No pasa nada. ¿Vienes?
Tomó un pequeño llavero y entramos a la primera cabina. En ella solo había una puerta y una escalera como de incendios que conducía hacia un piso más abajo, en donde estaba una puerta entornada. Pancho la empujó despacio. Como había dicho, la luz estaba encendida, y bajo el interruptor había un letrero, completamente pírrico, que rezaba: “Apague la luz antes de salir”. Él sonrió:
-¿No ves?
Yo también sonreí. Era una habitación pequeña, como un rincón de lectura de una sala: en una esquina había un sillón con una lámpara de pie a un lado. Junto al sillón, un tarro de basura repleto de pañuelos desechables usados. Al otro lado del sillón, arrimada contra la pared, una consola, o tal vez un escritorio de esos elegantísimos de caoba encima del cual reposaba una jarra de agua, un vaso a medio llenar y una caja de pañuelos desechables casi vacía. También había algunos libros de esos de pensamientos sobre un determinado tema o persona (Cien pensamientos sobre la amistad, Para una madre excepcional, Mil frases célebres sobre el llanto…). Sobre la consola-escritorio, una ventana que daba a un patio interior similar al de un claustro, en donde se paseaban algunos mirlos antes de que anocheciera. También había un block para escribir, acompañado de un esferográfico, y una pequeña computadora portátil presentaba opciones de escuchar algunos tipos de música: adagios barrocos, Für Elise, pasillos de Julio Jaramillo, instrumental suave… Pancho no tocó nada, solamente apagó el computador, revisó que no hubiera ningún tipo de objeto fuera de lo común (no había), vio si había algo escrito en el block (tampoco había) y luego, en una hoja del mismo block anotó unas instrucciones:
ü  Vaciar el tacho de la basura.
ü  Reponer el agua y los pañuelos.
Gracias
Apagó la luz y salimos. Cerró la puerta con seguro. Me miró sonriendo.
-¿No haces nada más que esto? –le pregunté.
Sonrió, enigmático. Luego me contó:
-A veces quieren hablar, ¿sabes? No sé si te fijaste que al lado de la ventana había dos timbres. El uno es para ya salir. El otro es para llamar porque necesitan hablar. Cuando suena ese, hay que bajar.
-¿Y quién se queda arriba?
-Nadie.
-Pero, ¿si alguien llega?
-Tiene que esperar. Aparte de que no es algo frecuente. Más bien creo que vienen aquí para desahogarse solo llorando.
-¿Pero por qué no lloran en su casa, en su cuarto… no sé?
Pancho se rió un poco. Luego habló:
-A veces no se puede, ¿no? Se necesita algo así como un ambiente tranquilo, eso creo.
Lo miro sorprendida e incrédula:
-A ver, vos… ¿dónde lloras?
Se ríe levemente:
-Donde me cogen las ganas… ¿y vos?
-Igual: en un baño, en mi cuarto, mientras manejo, hasta en el trabajo. No es que me haga lío por encontrar un sitio donde llorar. No me gusta que me vean, pero tampoco es un problema. Además, a veces tengo unas emociones tan fuertes que no me importa nada.
-Pero hay gente que por cosas de la vida no puede hacerlo en el trabajo, ni en la casa. O quiere darse un buen desahogo sin que nadie le moleste, ni le pregunte, ni nada… Entonces vienen acá.
-¿Y quién se inventó este… este… ‘Servicio público’?
-Unas amigas. Pero ellas no pueden estar todo el tiempo aquí.
Lo miro con curiosidad. Me pregunto si le gustará este oficio. Él creo que adivina cuando me comenta:
-Es menos cansado que la consulta. Además, aquí puedo leer, y con suerte hasta oír un poco de música.
Hemos salido al patio y entramos a un pequeño vestíbulo que conduce a otra habitación. En esta hay una especie de diván, sofá cama, no sé… aparte del sillón y los mismos muebles del otro sitio. No pregunto nada. Pancho hace los mismos menesteres, anota los pendientes en una hojita del block y luego me mira. Se echa a reír:
-¿Te asombra? ¿Te molesta?
Yo también me río:
-Me parece tan raro…
Se ríe más. Luego repite una frase muy mía:
-Hay gente para todo.
-Sí, hasta para servirles de nana a un poco de llorones anónimos –completo yo.
Se ríe un poco más. Noto que se está divirtiendo a costa mía. Inspeccionamos la tercera habitación y luego salimos. Le pregunto si nadie se ha querido matar.
-Hasta ahora no, pero déjame anotar esa inquietud –me dice, mientras anota en un papelito del block la frase ‘posibilidades de suicidio’ –. Ya está –dice, muy feliz mientras subimos y salimos por la tercera puerta.
Ya en el piso de arriba, que da a la calle, se despereza, recoge su libro, su iPod y alguna otra cosa. Revisa la estancia con los ojos. Me mira y vuelve a sonreír:
-¿Nos tomamos un cafecito?
-Weno –le digo, así, con doble ve, como a él le hace gracia.
La calle nos recibe con una pequeña garúa, pero en el Centro Histórico hay aleros de los tejados que ayudan a no mojarse. Entramos en el típico café con humitas de por ahí (nunca hemos estado, así que es bueno probar). Él está ya iniciando una ronda de bostezos mientras escogemos una mesa alejada de la puerta. Le pregunto si está muy cansado. Sonríe, con los ojos llorosos de bostezar:
-Un poco nomás.
Se nos acerca una joven de aspecto indígena, con mirada inquisitiva. Yo le pregunto a él,                               que ha vuelto a bostezar:
-¿Café con humitas?
-Weno.
-Ya. Dos cafés con humitas.
-¿Nada más? –pregunta la joven.
-Por ahora, no  gracias.
-¿De sal o de dulce las humitas?
-De sal –respondemos al unísono, y sonreímos los tres.
La joven se va y no demora mucho en traer los cubiertos junto con el café negro en un par de tazas un poco desportilladas por los bordes y un solo plato grande con dos humitas que, para hacer honor a su nombre, están humeantes. Le pido si nos puede traer otro plato y ella me mira con extrañeza, pero en seguida trae un plato muy pequeño que coloca delante de mí. Comenzamos a dar cuenta del café con humitas cuando descubro cierta alarma en los ojos de Pancho, que tiene vista hacia la puerta. En voz baja, me comenta:
-No mires, pero acaban de llegar tres conocidos.
Como siempre que a una le dicen ‘no mires’, mi cabeza gira, en un movimiento reflejo, hacia el lugar en donde sus ojos se enfocan, y él repite, un poco impaciente, con signos de admiración pero sin gritar:
-¡No mires, digo!
Es tarde, aunque no sé si ellos me han mirado; pero yo ya he visto entrar al hombre de gafas oscuras que ahora está sin gafas porque ya se va haciendo de noche, a la mujer de mediana edad y a la jovencita con uniforme de colegio, conversando entre ellos como cualquier familia que en una noche de semana sale al centro a tomarse un café con humitas. Lucen algo pálidos, y tal vez los párpados de las mujeres están un poco inflamados, pero nada que llame la atención a nadie que no sea tan observador de estas cosas como yo. Obviamente, evitan nuestros ojos e ignoran totalmente la presencia de Pancho, tal vez por eso los miramos descaradamente mientras escogen una mesa bien lejana de la nuestra, se sientan y ordenan alguna cosa con discreción y cortesía.
-¿Te das cuenta? –me dice él – Son padre, madre e hija. Una familia completa.
-Por suerte no se encontraron en las cabinas –contesto.
-Quién sabe. Por ahí hay algo fuerte, pero todos lo llevan en secreto, cada uno por su cuenta… –suspira con un poco más de profundidad que otras veces, y luego se vuelve hacia mí – Bueno, digamos que no es problema mío.
Sonreímos los dos, aunque ahora con un poquito de tristeza. La mesera nos pasa un quimbolito (solo uno), diciendo que es una promoción del café: un quimbolito por dos humitas. Agradecemos. Cuando ya se va, nos miramos a los ojos y sonreímos, cómplices. Después de las humitas, damos cuenta del quimbolito, que por suerte y rompiendo una norma común en los locales de este tipo, tiene más de una pasa: o sea dos. Hablamos de las humitas, de las abuelas, del molino de maíz que se agarraba como una entenalla a la vieja mesa de mi cocina y también de la suya. Hablamos poco de las tres personas que salieron después de su terapéutica sesión de llanto clandestino. Luego hablamos de las amistades comunes y de algún libro que estamos leyendo por esos días. Él pondera mi buena memoria y mi rapidez para leer. Yo pondero esa mezcla de entereza y sensibilidad con que aborda a la gente que le pide ayuda. Hacemos planes para la escuela de Tarot. Hacemos –hago – comentarios irónicos sobre cualquier cosa. Alguna risa con riesgo de atragantamiento. Hay una pasa más en mitad de la masa del quimbolito. Me la cede. Se la cedo a mi vez y se la come, sonriendo y diciendo, como casi siempre:
-Gracias, querida.
-Por nada. Ya sabes.
Entonces, tras un breve silencio, hace su acostumbrado gesto de ‘auto-stop’, con los ojos interrogantes, y yo, sonriendo, le contesto:
-Claro, no hay problema.
Es casi un ritual. Afuera la oscuridad ha ganado la calle céntrica dándole ese aire entre familiar y fantasmal del Centro Histórico por la noche. Tal vez ya comiencen a salir los personajes de las leyendas: el padre Almeida, la Bella Aurora… y tal vez nuestros propios fantasmas personales, o los de aquellos que necesitan una cabina para echarse a llorar en medio de la tarde mientras la ciudad sigue su tráfago y la vida continúa y Pancho lee un libro con los audífonos del iPod bien plantados en sus orejitas.
-Vamos, entonces.
Alguien ha dicho que la amistad consiste en poder soportar juntos el silencio. Quizá por eso no hablamos mucho más mientras caminamos las pocas cuadras que nos separan del estacionamiento del CADISAN, mirando con un callado estremecimiento interior las bellas torres de la ciudad iluminadas en medio del azul nocturno. Al encender el auto, salta una suite de Bach, sobresaltándonos un poco. Nos reímos de nuestro susto. La calle nos recibe casi con los brazos abiertos aliviándose de la congestión al principio de la noche, y la ciudad se deja recorrer en paz, sin hacernos saber las miserias que esconde tras algunos portales. A Pancho se le escapa un suspiro, mientras me cuenta:
-¿Sabes? Desde hace un tiempo tengo una respiración, así como… ‘suspirosa’… Como que se me cuelan unos suspiros cuando respiro.
Hecha la que algo conozco de algo, le pregunto:
-¿Y has notado cuándo eso te pasa?
-Por ejemplo ahorita cuando estoy con vos.
Prefiero no hacer comentarios. Lo miro medio seria, quizá levantando la ceja como él dice que lo hago. Sonríe, incluso se ríe levemente. Ya estamos cerca de su edificio. Se me ocurre que, aparte de todo lo que hace, eso de ser vigilante de llantos clandestinos unas pocas tardes a la semana tal vez provoque que se termine el día con uno, o con una serie de largos suspiros. ¿Propios? ¿Ajenos? ¿Compartidos? Detengo el auto frente a la puerta principal del edificio. Nos despedimos con el abrazo de rigor y el beso en la mejilla. Porque me nace, le digo, tal vez a los tiempos:
-Te quiero mucho.
Él sonríe mientras se baja y cierra la puerta, repitiendo:
-Ya sabes…
Antes de arrancar para mi casa, yo tampoco puedo evitar que se me cuele, entre la respiración simple y normal, un buen suspiro largo y profundo.