jueves, 18 de noviembre de 2010

sin ningún compromiso

Y en su emoción ya madura
la fuga del día
sentí su melancolía
del atardecer.
Y me nombró
su voz de puesta de sol.
La presen
mareada de anochecer.
Horacio Ferrer
No es el corazón, dicen.
Es el hipotálamo.
Pero a mí me gusta pensar que es su corazón lo que la hace venir hacia mí con esa sonrisa aparentemente ingenua, fingiendo que va a preguntar alguna cosa que se ha quedado suelta en la clase.
-Profe, yo también quiero ser escritora.
Lo dice con convicción, pero también lo dice con esa apabullante certeza inútil de los niños que a los cuatro años aseguran querer ser “dotores” para curar a las abuelitas cuyos achaques ya comienzan a inquietarles.
Me pongo serio. Trago saliva y me pongo un poco más serio aún. Le pregunto:
-¿Está segura?
-Segurísima.
Y sonríe desde el encanto de sus diecinueve años como si en el mundo no hubiera otra cosa qué hacer, Winona Ryder de los pobres. ¿Por qué se me anuda así la garganta al mirarla? ¿Por qué me detengo en seco y me siento tan emocionado como estúpido? ¿Por qué no puedo contestarle rápido mientras ella ya está hilvanando el hilo de una nueva pregunta?
-¿Cree que podré?
-Querer es poder –respondo, sentencioso, y enrojezco de golpe porque si antes me sentía estúpido, ahora estoy convencido de que soy más débil mental que una mesa o una puerta, o que las dos juntas.
Ella sonríe de nuevo:
-Se puede lo que se hace también ha dicho Julio Cortázar. Usted mismo nos contó.
Maldito Cortázar, siempre diciéndolo todo con esa perfección apabullante. Mi voz suena como el graznido de un gallo enfermo cuando le respondo, fingiendo un ridículo aplomo:
-¿Y usted, hace o puede?
Saca de su fólder de acordeón unas hojas. Poemas. Un cuento. Me mira ya sin coquetería y las coloca sobre el escritorio:
-¿Quiere leer? Sin ningún compromiso…
Por algún motivo me recuerda la vez, tan lejana como mis primeros años de universidad, en que me había enamorado de una dependienta de zapatería, y mientras la cortejaba esperando a que atendiera a miles de clientes, a cual más feo, la escuchaba repetir una y otra vez ‘puede probarse sin ningún compromiso…’ antes de arrodillarse, calzador en mano, frente a cualquier persona, hombre o mujer, a quien yo odiaba desde el fondo de mi ser tan solo por tenerla de rodillas a sus pies. Pero de eso hace ya tantos años. Tantos lustros, diríamos, en donde se guardan otras mujeres, un breve matrimonio, la viudez temprana, el sexo esporádico con cuasi desconocidas, y más cosas de las que preferiría no acordarme, o de las que, de hecho, ya no me acuerdo tan bien como antes mientras ella coloca los papeles sobre el escritorio y levanta hacia mí esa sonrisa capaz de remecer órganos internos que ya me había olvidado que tenía. Entonces, para disimular mientras sus ojos enormes y oscuros me carcomen la poca cordura que me queda, vuelvo a sentenciar:
-Ser escritor o escritora no es una cosa fácil. Es un trabajo de cada día, de muy poco reconocimiento, cuando no póstumo, una carrera de pobreza y soledad…
Mierda. ¿Por qué digo eso? De repente se me han mojado los ojos, la voz se me ha roto y no me he dado ni cuenta de cuando iba a pasar para aunque sea morderme a tiempo el labio inferior o el interior de una mejilla. Miro hacia la ventana y toso, fingiendo o pretendiendo fingir un atragantamiento. Respiro hondo para serenarme. Tengo otra clase en diez minutos. Haciéndome el loco, me vuelvo hacia ella y descubro sus ojos un poco espantados fijos en mi cara.
-O sea, profe… -aclara, con su voz ronca y para el momento casi nada sensual – yo solo quería que me dijera si le gusta lo que escribo, nada más…
Niego con la cabeza. Intento sonreír. No lo consigo, claro. Cuando me siento un poco más compuesto, le digo:
-Tranquila: no es nada. Creo que cada día me pongo más viejo, ¿no? Déjeme aquí sus textos y hablamos luego, señorita…
-María del Carmen, sin ‘señorita’ –aclara, y de repente descubro en la mano que pone sobre la mía el color de una ternura que tiene la edad de mi infancia.
-Bueno, entonces yo tampoco seré el ‘profe’, sino Edmundo a secas. ¿Le parece?
Sonríe y se le marcan hoyuelos en las mejillas. Diosmío. Diosmíodiosmíodiosmío. Es tan hermosa. Alguien con esa sonrisa debería tener prohibida la circulación por este mundo de gente perversa y mal encarada. Me siento yo también sonreír.
-Hasta mañana, pro… Edmundo.
-Chao, María del Carmen. Nos vemos en la clase de Redacción.
-Redacción uno –aclara, pícara, levantando el índice y escucho, casi con sorpresa, el timbre ajado de mi antigua risa.
Qué me pasa.
Me pregunto qué me pasa mientras camino hacia un aula repleta de alumnos casi tan viejos como yo que hacen una maestría en cualquier cosa para mejorar su currículum. El corazón me late como un reloj antiguo al que le acaban de dar cuerda a los años. No puedo esperar para leer los papeles que María del Carmen me ha dejado entre las manos, aunque en el fondo estoy casi seguro de que serán los típicos poemas cursis de poster con atardecer marino en el fondo. Pero qué importa. Qué me importa. Mientras los estudiantes hacen un trabajo de grupo, abro la carpeta donde están las hojas y leo:

me bato en retirada
de tus ojos
y sin embargo
basta que me mires
para querer
volver

Obviamente, eso no admite el póster con paisaje de atardecer marino. Leo otro más:

el hilo
de mi corazón
todavía se enreda
en el silencio
del tuyo

Ya. Eso tampoco admite el póster con pareja tomada de las manos en la playa. De la nada, sus ojos grandes y oscuros de Winona Ryder me estremecen por dentro (¿por qué tenía que robar en aquel almacén, gringa maldita, y así privarnos de volverla a ver en algún buen papel importante? no hay derecho, carajo). Y su sonrisa con hoyuelos. El hilo de su corazón todavía se enreda en el silencio del de algún imbécil que no sabe lo que tiene. Cuánto lo odio. Y cuánto le agradezco dejarme el camino libre.
¿Libre?
Leo:

ENDECASÍLABO
cómo no ser feliz cuando me abrazas

Ya. Cómo no va a ser feliz cuando el mismo imbécil imberbe la abraza. Reina del micro poema, de los ojos oscuros, de la sonrisa indescriptible. Y entonces comprendí por qué se llora, dijo sabiamente Bécquer, y entonces comprendí por qué se mata.
Salgo de la clase de maestría con dolor de cabeza y ganas de irme a dormir a ver si sueño con María del Carmen. Y sí. No necesito ni siquiera dormir. Ella está en la puerta de la facultad, abrazada a su fólder de acordeón, con dos amigas y un chico esmirriado (¿el que le hace feliz al abrazarla?). Me saluda con una sonrisa y un gesto. Me siento sonreír a mi vez y digo, ejercitando mi enmohecida picardía con un guiño:
-Ya leí algo.
Sonríe nuevamente. Diosmíodiosmíodiosmío.
-¿Y?
Es ahora, o nunca:
-¿Nos tomamos un café, por ahí? –me arriesgo con todo.
-Espérese llamo a la casa para decir que voy a llegar un poco más tarde…
Lo demás resulta ocioso de contar. Para qué reproducir mis sesudas reflexiones de maestro de expresión oral y escrita en un preuniversitario común y corriente. Para qué mencionar sus desaladas frases de niña que quiere ser escritora porque alguna vez alguien le estrujó con violencia el corazón como nos pasó a todos, ya se sabe. Para qué decir nada de la magia de sus palabras brotando desde el papel hasta llegar a mi alma. Para qué repetir los argumentos ya no tan literarios como existenciales de ambos, y esa tentación de abrazos y lágrimas que corría como un río subterráneo por el que navegamos hasta abrir los ojos juntos en mi cama de viejo y solitario profesor, mientras a las siete de la mañana, en la radio de alguna vecina, la formidable voz de alguien llamado Jairo, creo, repetía en un pasmoso ejercicio de sincronicidad:

… Si estás mirando el amanecer
hay una niña en el alba,  ¿la ves?
y con la niña en el alba estoy yo
y el día empieza otra vez.

martes, 16 de noviembre de 2010

la casa de la vicentina


a vos, Alicia, que te diste un minuto
para rescatarme de la angustia
y las ganas de morir

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable
José Agustín Goytisolo

Podría empezar diciendo que no tenías por qué saberlo. Pero ya habías llegado al lugar y al tiempo en el que se sabe todo aunque nadie nos lo cuente. Tal vez me miraste desde algún huequito entre las nubes durante todos aquellos días de angustia: mi remordimiento por haber abierto el arcano de los secretos ajenos para escribir cuentos y cositas que quizá no tenía derecho a; mi pena por las muertes sucesivas de gente que se largaba, a veces por mano propia, sin decir ni hasta mañana; mi hija paseaba por Europa en compañía de su padre, sin saber nada de los dramas familiares, y mi hijo acababa de decidir que las drogas le podían dar todo aquello que según él la vida le  había negado.
Tal vez, como te dije, a través de algún huequito por entre las nubes te llegó el eco de mi sorda desesperación aquella noche en que me dormí llorando al pensar en que quizá lo mejor era desaparecer yo también, como alguno de los amigos, para así obligar al papá de mis niños, sobre todo de mi niño, a hacerse cargo de ellos, sobre todo de él. Arquetipo paterno, que le dicen los que saben. No es que yo también me quisiera ir. Es que, de repente, pensé que me tenía que ir para ayudar a que las cosas funcionaran, aunque no me quisiera ir. Creía que era necesario.
La calle se me abría ante los ojos, estrecha y desconocida. Un barrio obrero, de casas más bien deslucidas. ¿La Vicentina, podría ser? Una pared, un tapial alto, enlucido bastamente con cemento sin pintar, gris y con sombras de humedad en algunas partes. Esa era tu casa, porque de repente yo te estaba yendo a visitar. En medio del tapial, una puerta de reja que dejaba entrever un patio de vecindad o conventillo con una pared mal pintada de rosa fuerte, unas gradas que llevaban hacia arriba sin que se supiera dónde y una piedra de lavar. La puerta de reja estaba cerrada con candado. Yo te quería ver, aunque no tenía idea de si me esperabas o no. Llamé. Tal vez timbré, golpeé el candado contra la reja, no me acuerdo.
Ni siquiera me había dado cuenta de cuando apareciste delante de la puerta de reja, furiosa e imperativa, haciéndome con el dedo índice y el brazo extendido el gesto de que me fuera por donde había venido. Me gritaste, como nunca me habías gritado en todos los años de nuestra amistad:
-¡Andate! ¡No te quiero ver! ¡No tienes nada qué hacer aquí!
Y me lo repetiste una y otra vez, por si acaso no lo hubiera comprendido bien, siempre señalándome la calle en la dirección en la que me había acercado a la puerta. Me tuve que ir. Ni siquiera te pude contestar nada. En el fondo, pensaba que  ni tú, que ya estabas del otro lado, me habías querido recibir, y eso aumentaba el peso de mi dolor y de mi angustia. Tal vez por eso regresé ocho días después. Siempre con miedo vi de nuevo el tapial y su tosco enlucido. Pero esta vez la puerta de reja de metal estaba entornada y se podía ver con mayor claridad la pared rosa fuerte, las escaleras y la piedra de lavar junto a la que tú permanecías de pie y en la que limpiabas algunos útiles de fotografía dorados y resplandecientes.
Raro, pero esta vez sonreíste al mirarme. Llevabas un terno de pantalón muy elegante, amarillo claro, tal vez amarillo limón, yo no sé mucho de nombres de colores. Tuve miedo de acercarme a ti y nuevamente provocar tu enojo, tus duras expresiones, el tono violento de tu voz al echarme de nuevo a la calle. Pero no fue así. Esta vez me abriste los brazos con ternura y cariño. Y tus palabras fueron cayendo, una a una, como gotas de bálsamo en mi alma atormentada:
-Lucre, cuando yo viví en Quito tú fuiste una de mis mejores amigas, y todavía te llevo siempre en mi corazón porque nada podrá cambiar eso. Algún rato volveremos a darnos otro abrazo, no lo dudes; pero hoy no es el momento: tú tienes todavía mucho que hacer ahí afuera.
Todavía recuerdo el calor de tus brazos en torno a mi cuerpo, y tu sonrisa segura y firme mientras me devolvías a la vida de todos los días, en una calle cualquiera de los rincones de esta ciudad que tanto amaste, mientras ya me llamaban a seguir adelante la luz del sol y los cantos de los pájaros que también despertaban a la esperanza de un día más.