martes, 6 de julio de 2010

el último día que llovió


Algunas personas todavía lo recuerdan. Entonces aún era el tiempo de la esperanza, o eso se creía, aunque cada vez las nubes se veían más ralas y esporádicas en un cielo amarillento y desvaído. Algunos animales, los más viejos, ya habían comenzado a resignarse a su suerte, y se iban tumbando bajo los cactus y los árboles calcinados que aún se sostenían sobre el suelo resquebrajado.
En aquel entonces, tampoco se recordaba la última vez que había llovido. Lo que sí sabían era que el tiempo se medía en meses, por lo menos. Algunos niños pequeños no entendían las palabras relacionadas con lluvia: tal vez nube sí, porque de vez en cuando una especie de resto de algodón deshilachado transitaba por el cielo; pero nada de nubarrón, ni de llovizna, peor de chubasco o aguacero. Esas eran cosas que pertenecían al pasado, a un remoto tiempo en donde ocurrían hechos más allá de lo normal, como la aparición de duendes que ayudaban a encontrar objetos perdidos, o de hadas que cumplían deseos, cualquier clase de deseo, menos que lloviera.
Se sabía que en otras partes la falta de lluvia había hecho que la gente se volviera agresiva. Eso contaban los viajeros: había quien mataba por un poco de agua encontrada en el fondo de un pozo, quien chantajeaba con goteros a madres desesperadas, y aun quien vendía su llanto o su sudor.
Sin embargo, entre nosotros la falta de agua ha degenerado en apatía: esto de acomodarse a la sombra de los cactus gigantes que comenzaron a proliferar aquí y allá, chupando con sus raíces el agua subterránea. Pero ojo, estaba más que prohibido atacar los cactus para obtener el líquido de sus ramas, eso solo se podía hacer en caso de extrema emergencia, si se quería conservar la vida, aunque había quien, en su desesperación, había llegado a morir acribillado por acercarse provisto de una hoz a un cactus en la oscuridad de la noche. E incluso las autoridades más severas llegaron a rodear los cactus con cercas electrificadas que solo se podían desactivar por los servicios de primeros auxilios urgentes y por nadie más.
La gente más anciana relataba historias de cuando en tu propia casa girabas una llave y caía agua de un tubo. De cómo las ciudades se adornaban con grandes fuentes en donde el agua fluía incesantemente solo para el deleite de los transeúntes. Hablaban de cómo el agua de los ríos y cascadas producía energía eléctrica y movía molinos y otro tipo de maquinarias. Ahora sabemos que esas cosas aún ocurren, pero demasiado lejos de aquí como para que se puedan ver. Son unos pocos los que gozan de esos privilegios y sus mansiones se encuentran fuertemente vigiladas por guardianes armados hasta los dientes y perros asesinos que huelen la sedienta presencia a kilómetros de distancia.
Pero algunas personas todavía recuerdan con nostalgia el último día de lluvia que se ha conocido: nadie puede explicar bien cómo en medio de la desolación de la sequía, entre esqueletos de animales, plantas raquíticas y niños polvorientos que poco a poco iban decayendo a causa de la sed, las hilachas que eventualmente paseaban por el cielo comenzaron a amontonarse. Los más viejos no quisieron tentar ningún tipo de esperanza y repitieron que, como ya había ocurrido muchas otras veces, era solo un engaño de la naturaleza, el agua residual que después se dispersaba en el aire y venía en forma de rocío a la madrugada. Y les creímos. Es mejor no tener ilusiones. Después de todo, fuimos aprendiendo ya a vivir así: a recoger las gotas acumuladas en el cáliz de una flor de cactus y cuidarlas como un tesoro. No importa que tengamos la lengua cubierta de tierra, la piel costrosa y descamada, el cabello grasiento y reseco a un tiempo: el agua es un bien precioso, se guarda solo para tomar un sorbito leve cuando la sed atenaza, para dárselo a los niños o a los más viejos si es del caso. Las gotas que produce el cuerpo, como sudor, lágrimas e incluso orina también se han convertido en bienes de valor incalculable y mucha gente recoge, sobre todo sus lágrimas, aún en medio de la perturbación del llanto, para conservarlas y utilizarlas en caso de emergencia. Pero de un tiempo a esta parte vamos descubriendo que al llorar nos salen menos lágrimas y nos preguntamos si algún rato ellas también se acabarán.
El último día que llovió dicen que todavía quedaba por ahí alguno que otro perro de esos que lustros antes se llamaban falderos y que quién sabe cuándo se les podía bañar cada quince días, pero en aquel entonces ya se veían desharrapados y cubiertos de sarnas y costras que se rascaban en medio de las calles polvorientas de lo que antes fuera una bella ciudad con canales y fuentes. Cuentan que las nubes se fueron amontonando, parsimoniosamente, durante ocho, diez días, hasta que el sol quedó totalmente cubierto. Dicen que una luz alargada las rasgó como una rajadura incandescente, que en seguida se escuchó el retumbar del cielo, y otra vez, y otra, y otra más, y que nadie pudo creer cuando las primeras gotas empezaron a cubrir el suelo de circulitos oscuros. Dicen que los ancianos lloraron de alivio y de nostalgia. Las madres y la gente práctica sacaron recipientes para recoger la mayor cantidad posible de agua, y dicen que los niños más pequeños al principio tuvieron miedo, pero los más grandecitos y los adolescentes salieron a recoger la lluvia en las manos y a danzar, abrazarse y besarse en medio del agua que venía del cielo durante el medio día que duró el aguacero y después hasta los bebés se quedaron chapoteando en los charcos fangosos mientras se pudo. En ese breve tiempo, dicen, todos fueron muy felices.
Pero se terminó. Aunque mucha gente aún lo relata, nadie puede dar una fecha, un día de la semana, una hora exacta. Algunos ni siquiera saben si fue de día o de noche, y se mezclan las anécdotas sobre la luz de las estrellas apareciendo poco a poco en medio de las nubes que se iban desgastando con el paso de la lluvia con las anécdotas de cómo finalmente regresaron la luz y el calor y el eterno verano infernal sin solución hasta el día de hoy.
Dicen que en otras partes, allá, lejos, los científicos ya están buscando maneras de hacer llover de nuevo; pero dicen también que venden caro sus secretos, como lo hicieron desde siempre con sus medicinas y sus descubrimientos de toda clase.
Hoy por hoy, desde aquí no se ve más que el cielo amarillento, con un gigantesco sol inmisericorde que se enciende desde muy temprano y ya no se va nunca. Aunque dicen también que así fue hace mucho tiempo atrás, tan solo unas pocas semanas, unos pocos días, quizá dos o tres horas antes de la última vez que llovió.

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