lunes, 4 de abril de 2011

el ruido de la lluvia en la ventana



Existen cosas que a uno no se le pueden ir fácilmente de la memoria. Se quedan ahí por años, tal vez toda la vida, y regresan cuando algo, o alguien, en alguna parte, ilumina de una u otra forma lo que en aquel lejano entonces habíamos mirado con la inocencia de la infancia. Como los ojos de mi padre al despedirse de Luis en ese lejano día de mis diez años.
Y si lo recuerdo ahora es porque Luis ha vuelto. Está viejo, se le marcan las arrugas alrededor de los ojos y hay en su sonrisa un aire de tristeza que toda la buena intención del mundo no alcanza a desvanecer. Como sucede, los años le han pasado por encima dejando profundas marcas.
-Me tuve que ir –cuenta, sentado a la mesa de uno de aquellos cafés de la Mariscal.
Entonces veo, de repente, como en una escena de una vieja película, el rostro de mi padre al salir del abrazo con el que los dos se habían despedido en la puerta de nuestra casa después de ayudarle a guardar las maletas en la cajuela y antes de que Luis se subiera al taxi que se lo llevaría para no regresar. Por lo menos no durante mucho tiempo. Vi los ojos de mi padre al entrar de nuevo y mirarme, sorprendido, esperándolo en la sala: enrojecidos, llenos de lágrimas. Y ese gesto de morderse los labios para detener lo que ya se le estaba escapando sin remedio.
Se  habían encariñado durante el tiempo que Luis compartió con nosotros en la casa. Él era hijo de una prima de mi mamá que vivía en alguna provincia oriental, y la idea era que se quedara con nosotros hasta encontrar otro sitio en donde vivir con más independencia. Esos favores que a veces se hace a la familia en pago de unas cuántas vacaciones compartidas, cosas así. Esas decisiones que se toman en un minuto de generosidad sin pensar en las consecuencias.
Luis era delgado, más alto que todos nosotros. Jugaba fútbol y adoraba las matemáticas. Eso se dijo sobre todo porque seguro podría ayudarme a mí, que ya me comenzaba a dar de trompones con los quebrados y los decimales. Iba a estudiar una cosa tan profunda e incomprensible precisamente como las matemáticas puras en la Escuela Politécnica Nacional. ¿Y para qué?, le preguntó mi mamá, ingenuamente, mientras servía el almuerzo del primer día que Luis compartió con nosotros.
-Es fascinante –contestó él, que a la sazón tendría dieciocho o diecinueve años – me encanta.
-¿Pero... para qué? –insistió mamá, mirándolo como quien no comprende que alguien se piense dedicar así porque sí a pasar el resto de su vida enfrentándose a ecuaciones, derivadas, integrales y otras cosas peores sin obtener de ello más que la simple satisfacción personal.
-¿Qué vas a hacer con eso? –preguntó mi papá, mirándolo con curiosidad.
-Puedo dar clases, por lo pronto.
Luis siempre había sido conocido como el niño genio de su familia, me contó mamá esa noche al arroparme antes de dormir. Lástima que por asuntos de tierras de sus padres viviera tan lejos de Quito, siempre en provincia la gente valiosa se desperdicia, cosas así.
Mi padre era un hombre más bien callado. No por timidez. Tal vez por algo así como una parquedad, una costumbre de no hablar si no era necesario. Mamá también era callada. Nunca los vi en arrumacos o gestos de amor, peor de coqueteo. Siempre durmieron en la misma cama, los cuarenta años que duró su matrimonio, y si alguna vez pelearon, no nos dimos cuenta. Ambos trabajaban mucho: él en alguna oficina del gobierno; ella en la casa, aparte de todas las tareas, corrigiendo textos y haciendo traducciones porque alguna vez aprendió bien el inglés. Después de mí, que era el mayor, estaba mi hermana María y el Bebé, que ya tenía cuatro años pero todos le seguíamos diciendo Bebé, aunque se llamaba Ernesto.
Con la llegada de Luis, el ambiente de la casa cambió de golpe. Aunque los primeros días su cortesía se tradujo en timidez, pasado un par de semanas, comenzó a tomar confianza. Ayudaba mucho, lo recuerdo: lavaba todos los platos que usaba. Bueno, lavaba todo lo que usaba: vajilla, cubiertos, ropa, sábanas. Ayudaba a mi madre con las compras y las acomodaba artística y organizadamente en la refrigeradora. Ayudaba a mi papá con el trabajo pesado, cosas como mover muebles, o también con el trabajo no tan pesado, cosas como cambiar focos, cambiar empaques de grifos, observar máquinas que de repente dejaban de funcionar.
A veces, en la noche, en lugar de unirse a la televisión con toda la familia, papá iba a un cuarto que le llamábamos el “estudio”, aunque allí nadie estudiaba nada, nunca, pero estaban los libros y una cómoda con material escolar de emergencia, y allí se sentaba en la única silla disponible a escuchar música. A mí me gustaba esa música: cataratas de notas del Barroco, tangos corta venas, pasillos… una música que decía que era mexicana pero que no se parecía en nada a las rancheras y los mariachis que figuraban como mexicanos de la puerta de mi casa hacia el mundo. Una vez, la puerta se quedó entreabierta y escuchamos la magnificencia de las corales y el contrapunto de una Pasión según San Mateo inundando el aire con la espesa fragancia de la genialidad de quien la compuso. Como hipnotizado, Luis se levantó, atravesó la sala y entró por la puerta entreabierta. Lo oímos preguntar:
-¿Qué es eso?
-La Pasión según san Mateo de Juan Sebastián Bach –respondió tranquilamente la voz de mi padre.
No cerraron la puerta, pero se quedaron ahí toda la noche, hasta mucho después de que mamá nos acostara, les sirviera un par de tazas de té y se fuera ella también a dormir, pues esa música no le gustaba. Al otro día los dos tenían cara de desvelados en la mesa del desayuno. Luis hablaba, maravillado, de aquella música sublime de la que en tierras selváticas no se tenía mayor noticia, y mi papá, feliz de por fin haber encontrado un alma tan sensible como la suya en lo que a gustos musicales se refería, enriquecía la conversación con comentarios sesudos y eruditos sobre el contexto de la obra maestra. Ese mismo día le escuché comentar a mi mamá:
-Qué bueno que por fin el Manuel encontró alguien con quien conversar de música.
De música.
Regresa a mi memoria la imagen perturbadora de sus ojos enrojecidos y empapados al entrar a la casa de vuelta después de dejar a Luis en el taxi. Su gesto de morderse los labios y aun así no poder impedir que una gota se le descolgara de las pestañas por encima del párpado inferior hasta más allá de la mitad de la mejilla correspondiente. Su entrada apresurada al baño más cercano y el ruido que hizo al sonarse con fuerza entre un par de suspiros entrecortados.
En ese momento, y sin saber exactamente por qué, pero de seguro por algo que iba más allá del simple contagio, también a mí se me anegaron los ojos y mejor me fui a mi cuarto para que nadie pudiera verme la cara por lo menos durante el resto de aquella tarde, o de aquel día. Y a la mañana siguiente, en la mesa del desayuno en donde Luis hacía una falta espantosa, también hacía falta una conversación, un comentario, algo parecido. Llovía, y por suerte el ruido de la lluvia en la ventana acompañaba bastante el silencio del interior de la casa. Mi padre miraba obstinadamente su taza de café. Mi madre nos daba la espalda, concentrada aparentemente en el fregadero y las ollas, y evitaba a toda costa que le viéramos la cara, pero no le quedaba más remedio que sonarse cada cinco minutos. Nunca se habían peleado, lo dije, al menos nunca delante de nosotros, pero era obvio que algo se había roto entre los dos en el transcurso de aquella noche. Algo que no sé si pudo volver a recuperarse en los siguientes veintiocho años que duraron casados después de aquella tarde.
Hay momentos en la vida en que de repente las cosas se arman solas y se puede mirar el panorama como si algo nos llevara hacia arriba, a detenernos extasiados en la comprensión del croquis completo de los hechos. Luis no dijo un detalle, no mencionó nada más que ese “me tuve que ir” culpable y desarmado en donde se encerraba mucho más de lo que parecía. Sabíamos que se tuvo que ir, qué más. También supimos, mejor dicho, nos dimos cuenta de que no fue un metengoqueir debido a la beca que le resultó para irse a estudiar en Estados Unidos, afortunadamente, porque tampoco volvimos a pasar vacaciones en la selva. Sin embargo, nadie preguntó ni mencionó ningún motivo. Las lágrimas de mi madre se agotaron. El silencio de mi padre se volvió más hondo y desolado. La vida siguió, ese amontonarse de días, que no fue más.
Pero las imágenes que nos forzamos a olvidar desde la inocencia de nuestros diez años siguen allí: ese mirarlos conversar de música con una expresión de arrobamiento y felicidad en los ojos que iba mucho más allá del simple amor al arte, esa complicidad extraña que atravesaba el aire cada vez con más fuerza cuando se sentaban en los extremos de un diámetro de la mesa redonda de la cocina a la hora de comer, esas salidas a comprar cerveza para el almuerzo del fin de semana, esos innecesarios trabajos de bricolaje que los mantenían juntos hasta quién sabe qué horas, y las noches a solas en el cuarto de la música, que en eso se convirtió el estudio.
Yo no sé, no puedo ni quiero recordar el momento en que todo el mundo, incluido él mismo, decidió que Luis se tenía que ir de mi casa a la brevedad posible. Yo no sé, no quiero ni puedo recordar si hubo frases susurradas, portazos, gritos o reproches. Y sin embargo, en el instante en que Luis se levantó de la mesa de aquel café del barrio de la Mariscal para darme un abrazo tan definitivo como la reciente muerte de mi padre, el recuerdo de sus lágrimas hace ya tanto tiempo volvió a provocar las mías, quizá por todo aquello que el pasado entreteje y desteje para dejarnos ver lo frágiles que son nuestras certezas, y cómo nos construyen los encuentros, y cuánto nos desgarran los adioses.

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